—Medito.
—¿Piensas en aquello que hablamos?
—En aquello y en tí.
—Eso, eso: piensa mucho en las verdades que te dije, y así te irás preparando sin saberlo... Me parece que oigo campanas tocando á fuego.»
Los dos escuchaban. Oíanse ladridos de perros, que en aquella zona de Madrid, donde por cada casa hay diez solares vacíos y solitarios, suelen reunirse para buscar despojos de cocina en los vertederos. Oíase asimismo el lejano chirrido de las ruedas del último tranvía, y también el ritmo metálico, tenue, seguro, invariable del reloj de León en el bolsillo de su chaleco. Todo se oía menos campanas.
«No es todavía hora de tocar á misa—dijo él.—Duérmete.
—No tengo sueño, no quiero dormir—replicó María echando atrás su cabeza.—Me parece que he de volver á verte en el fondo del hoyo, mirándome. Tú te reirás de esto. ¡Qué sandez! ¡Mirar y ver después de la muerte quien cree y afirma que con la vida se acaba todo!
—¿Te he dicho yo eso alguna vez?—manifestó León con enfado.
—No me has dicho eso; pero yo sé que eso es lo que tú piensas; yo lo sé.
—¿Por qué? ¿Por dónde lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?