Y más tarde, después de algunas horas de sueño, volvió á oirse el grito de espanto y la explicación de la pesadilla.

«¡Qué horrible visión! Ahora me he visto á mí misma muerta, y mirándote desde el fondo del hoyo negro y profundo... Estabas abrazando á otra, besando á otra... ¿Pero es ya de día? Ahora sí que suenan campanas.»

En efecto: oíanse chillonas y discordes las esquilas colgadas en las torres de esa multitud de barracas enyesadas que en Madrid llevan el nombre de iglesias, dando testimonio así de la religiosidad de este pueblo.

«Llaman á las primeras misas—pensó María.—Me muero de sueño... ¡á dormir!... Dan las ocho y siguen tocando, siguen llamándome... No, no puedo ir; he dado mi palabra... ¡Jesús, las nueve! Perdón, perdón, campanitas de mi alma: no puedo ir hasta el domingo.»


XVI
De Crematística.

Vinieron los días de la dispersión de las gentes. Hostigado por el calor, Madrid era un hormigueo de impaciencias buscando dinero. El oro subía como cuando hay guerra, y menudeaban en la Bolsa las pequeñas operaciones, lo mismo que si hubiera aumento de negocios. No pocas familias apretaban el dogal atado á su cuello por las dilapidaciones del pasado invierno; y otras, no teniendo ni siquiera dogal, se consolaban encareciendo las ventajas y encantos del verano de Madrid, que supera, con sus paseos y embelesadoras noches, al verano triste y eremítico de los pueblos circunvecinos. Veranear en Pinto ó Getafe es como invernar en el Escudo ó en Pajares.

Los Tellerías eran de esos que por nada se quedan. También ellos se iban, contra todo fuero y razón de la aritmética, y dando al traste con toda ley económica. Pero obligada á estirar hasta lo imposible la primavera, la Marquesa decía que el tiempo era aún tolerable, que en el Norte llovía mucho y hacía frío. No teniendo motivos para prorrogar su viaje, sino antes bien, razones poderosas para acelerarlo, León fijó día en la primera semana de Julio. Pero la víspera de la fecha marcada, un suceso trastornó los planes de todos. Ya sabían los hijos del Marqués que su hermano Luis Gonzaga estaba enfermo. Gustavo y León sabían algo más: sabían que le devoraba un mal muy terrible, perseguidor y verdugo de la juventud contemporánea; mal que se aviene con las naturalezas débiles ó extenuadas por las pasiones y el estudio. Como según los informes de los Padres de Puyóo, la enfermedad de Luis hallábase en grado incipiente, no habían dicho nada á la Marquesa, esperando que ésta sabría la verdad por sí misma al hacer la visita acostumbrada al establecimiento durante la temporada de verano. Pero inopinadamente cayó sobre la casa como un rayo de la ira celeste, un aviso del Rector anunciando que Luis Gonzaga había entrado de súbito en un período alarmante, y que... «deseando el joven ver á su familia, saldría al siguiente día para Madrid en el tren expreso.»

Absortos y afligidos quedaron todos, y más aún cuando al otro día vieron entrar al infeliz joven, que tan claro mostraba en su persona el sello de la traidora dolencia, parecido á un espectro con sotana. Su cara ofrecía, á pesar de estar ya como agostada por el frío beso de la muerte, gran semejanza con el rostro hermoso y vivífico de María. Ya se sabe que eran gemelos y que se parecían todo lo que puede parecerse un hombre á una mujer, sólo que la joven, con su aparente lozanía, aventajó siempre en vigor y en representación física á su hermano, harto afeminado desde la infancia.