Barbilampiño y endeble, se le creería nacido para el sacerdocio y para la contemplación de las cosas espirituales. Sus ojos, que por lo verdes y expresivos eran como espejos en que se reflejaba la propia mirada de María Egipciaca, estaban rodeados ya de un cerco obscuro. Durante su niñez y juventud había vivido siempre abrasado por una fiebre constitucional, con la cual iba tirando como si fuera un estado fisiológico. Ahora, cuando la solución se aproximaba, su fiebre era un rescoldo interior que le consumía. La holgada sotana negra y floja marcaba, al sentarse y al andar, los duros ángulos del esqueleto: su voz parecía el eco de quien está hablando en algún rincón invisible y profundo, donde las corrientes de aire suspenden, entrecortan y apagan el sonido, haciéndolo oscilar como el chorrillo de una gotera.

Sentado en un sillón, á las demostraciones cariñosas de la familia respondía con escasas frases en que la intensidad del afecto compensaba el laconismo, con apretones de manos, con miradas ardientes y amorosas.

Desolada y suspirante, la Marquesa no sabía contener la expresión de su dolor, y sus quejas concluían siempre con proyectos de administrar á su hijo aires puros, aires campesinos, aires de establo, y de llevarle á beber aguas salutíferas. Lo primero que se decidió fué celebrar junta de médicos, convocando á lo más selecto. El enfermo sonreía con expresión de incredulidad, pero sin oponer resistencia á nada, porque el hábito de la obediencia, tan arraigado en él, dábale fuerzas para dejarse zarandear en su agonía.

León no le había visto nunca. Cuando entró á verle, la Marquesa le dijo: «Aquí tienes á tu hermano que no conoces...

—Le conozco,» contestó Luis Gonzaga, dejándose estrechar su mano por la de León.

Y diciéndolo, clavó en él la mirada atenta, penetrante, por tanto tiempo, que la Marquesa, alarmada de aquel largo discurso de asombro mudo, dijo así:

«Ya sabes que es muy bueno.

—Ya, ya sé—repuso Luis mirando á su hermano.—¿Y os marcháis de Madrid?

—¿Cómo quieres que nos vayamos dejándote así?—replicó María, derramando abundantes lágrimas.