«¿Por qué os asustáis? ¿Por qué lloráis? Yo no me asusto, ni lloro, sino que estoy alegre, más alegre cuanto más acerbo es mi padecer. De veras os digo que al considerarme tan cerca de la muerte, contengo mi alegría, no sea que el gozo de verme libre de esta hedionda vestidura carnal despierte alguna vanidad en mi alma, ú otro sentimiento desagradable á los ojos del Señor. Si me envanezco demasiado de morir, queridas de mi alma, puede que Dios me castigue, condenándome á vivir algún tiempo más.»

Con León hablaba poco, casi nada, pues siempre que éste á preguntarle iba por su salud ó á acompañarle, hallábale entregado á sus prolijas devociones, cuyo plan no alteró jamás, ni aun en los días de mayor gravedad. Le llevaban de comer lo más escogido y lo más propio para su estómago; pero él tomaba siempre lo peor.

«No como esto—decía,—porque me gusta.»

Rogábanle que tomase tal ó cual cosa de gran provecho para su salud; pero siempre á ello se negaba.

«Puesto que tu gusto es no tomarlo—le decía su hermana con admirable lógica,—mortifícate tomándolo.»

Entonces sonreía y lo tomaba. Iban á visitarle algunos sacerdotes principalmente franceses, de esos de melena ahuecada y gracioso sombrero de tres candiles, corteses, finos, mundanos, limpios, y platicaban acerca de la casa de Puyóo. Rara vez se veía allí á los graves curas españoles, que cuando son buenos, son los clérigos más clérigos, digámoslo así, de la cristiandad, verdaderos ministros de Dios por la seriedad real, la mansedumbre sin afectación y la sana sabiduría. Luis Gonzaga gustaba de la tertulia, pero más de la soledad; en aquélla mostraba su agudo juicio, no exento de sal y gracejo; su piedad profunda, que era la admiración de todos, y su dicción tiernamente apasionada. Todas las mañanas le llevaban en coche y con grandes precauciones á la iglesia, de donde venía tarde. Al regresar meditaba á solas y de rodillas; no tomaba alimento sino cuando ya no podía sostener su cuerpo extenuado, y en mitad de la sobria comida solían sobrevenirle las congojas, que parecían rematar su cansada vida en un suspiro.

No permitía que nadie le ayudase á vestirse y desnudarse, ni que le acompañaran de noche. María hizo notar á su esposo que algunas mañanas estaba el lecho intacto, señal de que había dormido en el suelo. Los blandos sillones y sofás que las industrias suntuarias han puesto hoy al alcance de todas las fortunas, no conocían el contacto de sus huesos. Sentábase ordinariamente en una banqueta de rejilla sin respaldo, y allí pasaba horas y horas rígido, sudoroso. Cuando su cuerpo no podía tenerse derecho, arrimaba la banqueta á la pared y apoyaba la fatigada espalda, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y cruzando las manos. Parecía un reo á quien acababan de dar garrote. No hablaba nunca de sus hermanos, ni de su padre ausente. La persona á quien mostraba más apego y algo de confianza era María. A León ni siquiera le miraba.

Frecuentemente era mortificado por escrúpulos, que solía manifestar. Si por espacio de un cuarto de hora estaba su pensamiento ausente de las meditaciones sobre la muerte, al caer en la cuenta de su distracción sentía inquietudes y un vivo enojo contra sí mismo. Quería imitar en todo, ó al menos en lo posible, al glorioso niño de quien tomó el nombre, aquella alma angelical y purísima que voló del mundo á los veintitrés años, abrasada por el fuego de la pasión mística, y que mutiló en su pensamiento y en su sentir todo lo que no fuera el ardiente prurito de salvarse.

Como el santo niño jesuita, Luis Tellería padecía horriblemente de la cabeza; repetíanle en la casa de Madrid las tremendas jaquecas que en Puyóo le daban con frecuencia, abrasándole el cerebro y conmoviendo su máquina toda, cual si convertidos en molde sus sesos, cayese en ellos un metal derretido. Durante estos ratos de espantosa mortificación, su alma, replegada en sí misma, gozaba con el martirio; los dolores físicos eran recibidos allá dentro con un júbilo delirante que tenía su vanidad y su sibaritismo. No exhalaba una queja, y cuando sentía revolverse dentro de su cráneo las serpientes de fuego, su boca se contraía para sonreir. Al San Luis de marras mandóle el Prelado que no pensase tanto para evitar un mal tan penoso. A éste le decían lo mismo, y gozoso de parecerse al santo, contestaba: «Mándanme que no piense tanto para que no me duela la cabeza, y más me duele de hacer esfuerzos para no pensar nada.»