El médico le ordenaba diariamente calmantes y otras medicinas. Las tomaba por fórmula, cuando á ello le apremiaba su madre con ruegos y sollozos. La medicina que á él le gustaba era una correa erizada de picos de hierro que constantemente llevaba enroscada en su cintura, no más ancha que la de una niña de doce años. Su hermana se acercaba de noche á su cuarto andando de puntillas para no ser observada, y en vez de hallarle descansando, le veía de hinojos ante el crucifijo que le habían puesto junto á la cama.
En la casa de Puyóo había hombres muy buenos, otros muy sabios, algunos listos y traviesos, y todos se hacían lenguas de la virtud de Luis y de aquel santo odio de sí mismo, que parece, á pesar de todas las declamaciones, forma un tanto anticuada de la edificación. Sin embargo, la misma tendencia de la devoción moderna á reconciliarse con el buen comer y el mejor dormir, hacía más admirables las abstinencias y el voluntario martirio del hijo del Marqués. Su fama era grande en toda la Compañía: se hablaba de él en Roma.
Vivía en estado de taciturna tranquilidad, y á pesar del gran cariño que tenía á sus padres, había logrado, á fuerza de horribles luchas con su memoria, no pensar en ellos, para que cosa ninguna le pudiera apartar de la presencia continua de Dios, fin perpetuo de sus ansias y martirios. Al par que su santidad, descollaba su ingenio en el estudio, siendo tan agudo y peregrino, que en poco tiempo dominó la filosofía y la teología y supo defender conclusiones con tanto despejo, que los ergotistas más hábiles se quedaron pasmados. Pero esto mismo fué ocasión de gran desasosiego para su alma, porque el verse elogiado mortificaba su humildad, hasta que, temeroso de que su amor propio se despertara con las alabanzas, se fingió torpe. Su anhelo era que en la cátedra se le considerase como el último de los escolares. Sólo ante el riguroso mandato del Superior renunció á hacer escrúpulos de sus talentos.
A los superiores obedecía, y observaba las reglas con prolijidad extremada: llegó á dominar de tal modo sus sentidos, que al fin parecía no poseerlos, y su oído torpe y sus ojos siempre fijos en el suelo, no se enteraban de nada. Pasaban las personas á su lado sin que las viera. Había hecho voto de no mirar jamás á la cara á ninguna mujer, como no fueran su madre y su hermana, y lo cumplía con todo rigor. Con tal sistema, su alma debía ser de una pureza ejemplar, casi casi como la pureza del sér que no ha nacido.
Cuando los médicos anunciaron la terrible enfermedad, aseguró sentir inmenso gozo, y se alegró tanto con la idea de padecer mucho y morir padeciendo, que hizo escrúpulo de aquel contento, y preguntó al Padre director si habría pecado en regocijarse tanto con la certeza de morir, y si esto sería un artificio de la vanidad. Tranquilizado sobre punto tan difícil, observaba su mal y aumentábalo á escondidas de los superiores con privaciones y una guerra oculta declarada á toda medicina. La resolución de enviarle á su casa, cuando la muerte parecía segura, le afligió al principio; pero después tuvo una idea, un plan, y se dejó conducir á Madrid y enjaular en los lujosos aposentos que le parecían la proyección externa de su propio mal, horrible, demoniaco, nauseabundo.
Y no obstante, él, contraviniendo las leyes naturales, cuidaba su enfermedad como se cuida una flor para que crezca; alimentaba aquella bestia inmunda que se lo comía, y gozaba al sentir chupado y mascullado su miserable cuerpo, que no era para él más que un estorbo. Solía decir: «El mundo no es más que un fétido callejón, donde la sociedad se agita con delirio carnavalesco. Estamos condenados á pasarlo vestidos con la repugnante máscara de nuestro cuerpo. Bienaventurados los que lo pasan pronto y pueden arrojar al fin la máscara para presentarse limpios ante Dios.»
Este era el varón angelical, ésta el alma inflamada, loca, en que todo era fe y desprecio del mundo, de tal modo, que ella sola bastara á dar á nuestro siglo lo que aún le falta, un santo, si el siglo no pareciese dispuesto á romper la turquesa de las canonizaciones. Verdad que á Luis le faltaba el milagro; ¿pero quién sabe si había hecho alguno y lo callaba siguiendo su santa costumbre de escrupulizar su amor propio?
Alguien dijo que aquella santidad no era más que un papel bien representado; pero esto carecía de fundamento. Más cerca de lo cierto andaba quien dijo que la santidad, como la caballería, tiene sus quijotes. En Luis todo era buena fe. Si engañaba á alguien, era á sí mismo. No puede negársele grandeza y heroísmo. Ninguno de los muchachos seminaristas que en todo tiempo han tratado de imitar á San Luis Gonzaga (porque esto ha sido una verdadera monomanía entre la juventud clerical), adelantó á Tellería en el esmero de la copia. Pero no se puede imitar lo inimitable; ¿y de qué vale un remedo puntual de las acciones y de las palabras, descuidando quizás la asimilación de lo esencial?
Alguien dirá que este joven es una figura de otros tiempos. Pues no es de otros, sino de éstos. Mas para verla es preciso ir á buscarla donde está, pues no es un tipo de la Puerta del Sol. El siglo XIX, el siglo enciclopédico por excelencia, tiene de esto, como tiene de todo. ¡Monstruosa síntesis de los tiempos, no se sabe á dónde irá á parar barajando con sus propias invenciones y prodigios nuevos las reliquias y curiosidades que ha conservado de aquel atrás remoto!