Aquella noche (nos referimos á la noche en que dijo las palabras escritas más arriba) parecía mejorado, y sus facciones tomaban tinte extraño de animación y alegría, correspondiendo á esto una verbosidad más rápida y ardiente que de costumbre, excepto cuando León se acercaba. Hallándose todos en el jardín, detúvose un coche en la verja y oyéronse las voces de la Marquesa de Rioponce y su hija que venían á buscar á la de Tellería para llevarla á los Jardines del Retiro. Más de una vez recibiera Milagros la misma invitación; pero se había excusado de aceptar fundándose en la enfermedad de su hijo.
Verdaderamente no tenía gusto para nada. ¿Cómo podía disfrutar de placer alguno ante el triste espectáculo que en su casa quedaba?... ¡Oh! Sus amigas la perdonarían; sus amigas no insistirían en llevarla á fiestas, y comprenderían que no debía ni podía ir... Había hecho el sacrificio de quedarse en este horno por estar al lado de su hijo... había hecho el sacrificio de trasladarse á la casa de León que era un destierro, un verdadero destierro... Su corazón de madre no vacilaba ante ningún sacrificio... ¡Pero ir á espectáculos, presentarse en los Jardines cuando todo el mundo sabía que el pobre Luis seguía padeciendo!... Verdad es que estaba mejor, mucho mejor; no había más que verle la cara; pero á pesar de esta mejoría, ella, la infeliz, la atribulada madre, no podía pensar en diversiones ni en música... Y no es que su pobre espíritu no necesitase algún esparcimiento... Bien conocía ella que sí lo necesitaba; ¿y qué solaz más puro que un poco de buena música?... pero no podía decidirse, no. Hallábase encadenada por su tristeza, y encariñada con ella en tal manera, que no se podía desligar de sus fatales brazos, y padeciendo como padecía, la misma pena la sujetaba con fuerte lazo á la persona de su querido enfermito.
A estas razones, la de Rioponce contestaba con otras; que el pensamiento humano y el lenguaje suministran infinito caudal de razones para todos los casos de la vida. Era evidente, como la luz del día, que Luis Gonzaga estaba mejor, ¿qué mejor? fuera de peligro... Lo anunciaban su faz animada, sus ojos llenos de serenidad, el desembarazo con que por el jardín paseaba, y el tono festivo de su voz pronunciando á menudo palabras alegres... ¡Oh! Sin género de duda la Marquesa podía salir, podía ir al Retiro; ¿por qué no? ¿No debía ella mirar también por su salud? ¿Era acaso prudente dejarse dominar por una tristeza infundada? Los mismos altos deberes que estaba cumpliendo heróicamente junto á su hijo, exigían de ella el cuidado de su propia salud para poder continuar en su gloriosa faena de solicitud y de cariño. Dios no exigía tampoco una abnegación extremada, anti-higiénica, y gustaba de que en la corona de espinas del sacrificio se introdujera de vez en cuando alguna florecilla. Este razonar habilidoso y la querencia del festejo que hacía palpitar su corazón matritense, decidieron á la pobre Milagros. Pero los inconvenientes surgían á cada instante. Además de que no tenía gana, absolutamente ninguna gana de ir, érale preciso vestirse, para lo cual tendría que ir á su casa.
¡Qué tontería! ¡Si estaba bien, perfectamente bien, así! No necesitaba más. Tenía el singular don de estar siempre bien, y aquella noche, fuerza era confesarlo, se había puesto elegantísima, cual si su corazón presagiara un fausto suceso. Por último, los ruegos de su hijo la decidieron, bien á pesar suyo.
«Iré nada más que por darte gusto, hijo mío,» dijo con mucho cariño.
Luis arrancó dos rosas del rosal más cercano y se las dió á su madre para que se las pusiera en el seno.
«Ya sé que te gusta esta clase de adorno, que es el más sencillo,—le dijo sonriendo.
—No voy más que por no desairar á Rosa,—añadió la madre,—y por complacerte á tí. Yo soy de tu escuela, querido hijo: obediencia y hacer alguna vez lo que no nos agrada. Adiós.
—Adiós, mamá.»
Poco después, el coche de la de Rioponce se alejaba arrastrando á la Marquesa hacia aquel resplandor de luces de gas que iluminaba la neblina formada por el polvo de los paseos y las evaporaciones caniculares.