XX
Un drama viejo, viejísimo.

«Mi querida María, ¿estamos solos?—dijo Luis estrechando contra su pecho las manos de su hermana.

—No—replicó ella con desasosiego, mirando una sombra obscura que avanzaba del otro lado del jardín:—allá está... Viene.»

Después de observar un rato, añadió:

«Pero se ha vuelto; se pasea... Parece que no se atreve á acercarse... parece que te tiene miedo, Luis, y si no miedo, respeto... Su conciencia no podrá estar serena delante de tí.

—No seas tonta... ¡respeto á mí!... ¡á mí que soy una miserable criatura!... Además, los hombres como tu marido no respetan nada ni á nadie. En su interior hará burla de nosotros.

—Eso sí que no—dijo María con firmeza.—Yo te aseguro que no se burla de nosotros. León es bueno, y si creyera, si creyera, ¡Dios mío!... ¿Ves? Ahora parece que vuelve otra vez; pero se retira.

—Está triste—dijo Luis, observando la sombra que allá lejos vagaba lentamente como alma en pena.—Parece que una gran desgracia le abruma, y sin embargo, tiene salud, es rico, posee todos los bienes del mundo. Mírame á mí, enfermo, muriéndome, desligado de todo, pobre y olvidado, y sin embargo, estoy alegre; mi alma siente esta noche una calma dulce y un placer... no sé como decirlo: es como si una mano suave y blanda la levantara en los aires.»