Después, acercando el rostro al de su hermana y mirándola á los ojos, le dijo:
«Hermana querida, yo me voy á morir.
—Por Dios, no digas eso, hermano. Si estás mejor, si te curarás...
—No me gusta oir en tu boca los necios consuelos propios de los médicos y de los que carecen de verdadero espíritu cristiano. Yo me muero y estoy alegre de morirme. Esta mañana, cuando oí misa, parecióme que una voz celeste me anunciaba mi próximo fin. Desde entonces nació en mi alma este júbilo que ahora siento. Todos mis pensamientos hoy han sido de gozo y felicitación por el bien que anhelo. He entonado un Te Deum y me he alegrado tanto, tanto, que al fin he temido que este excesivo contento escondiese algo de amor propio y ofendiese á Dios.
—No te morirás, no te morirás,—dijo María, acariciándole la cabeza.
—Tu alma, contaminada del mundo, no comprende la deliciosa vida del morir. Entiendes las palabras en ese sentido estúpido que les da el Diccionario y la conversación de los pecadores. Regocíjate por mi muerte, mujer, regocíjate como yo, y así aprenderás á desear la tuya. ¡Ay, hermana mía! Un solo sentimiento empaña mi alegría, un solo interés mundano me ata todavía á mi horrible envoltura. ¿Sabes cuál es? Acerca más tu asiento al mío: no puedo alzar la voz.»
Los dos sillones de mimbre se tocaron.
«Me aflige el considerar que tu preciosa alma, gemela de la mía, como tu cuerpo, se quedará aquí en peligro de ser contaminada, más contaminada de lo que ya está... Esta idea me perturba en mi última hora, y aunque espero alcanzar mucho del Señor pidiéndole por tí, no estoy tranquilo.
—¡Yo contaminarme!... ¿de qué? tú no conoces bien mi carácter, ni el heroísmo y constancia con que defiendo mi fe, mi pobre fe pequeñita y humilde que no es más que un reflejo de la tuya, grande y brillante como el sol. No temas por mí. Ya te dije que no hay peligro; ya te expliqué bien que amándole como le amo, me mantengo siempre á una distancia infranqueable. Él ha querido salvar este abismo. Yo lo he querido también y lo he deseado; pero después de lo que tú me has dicho, comprendo que es imposible sin un milagro de Dios.