—No milagro, sino un acto especial de su misericordia... y este acto debes esperarlo. Pídeselo á Dios constantemente, y al mismo tiempo no desatiendas ni un día, ni un instante, la obra querida de tu salvación. Conságrate á salvarte, María; haz de tu vida terrenal un escabel puro y simple para tu subida á los cielos; cultiva la vida interior, refuérzate con una devoción perenne, ármate de paciencia y corónate de sacrificios, porque tu situación es mala, careces de libertad, te hallas unida, por fatal error de tu juventud, á un hombre que hará esfuerzos colosales por apartarte de la única senda que lleva á la gloria eterna... De modo, hermana queridísima, que tu trabajo ha de ser doble, tus afanes inmensos, sudarás sangre, beberás hiel, sufrirás esos desgarradores martirios internos que hacen más daño que el fuego de una hoguera... ¡Pobre hermanita de mi alma!... ¡Ay! cuando los Padres me mandaron á Madrid, tuve gran pena y dije: «¿A qué me mandan á ese lugar de pestilencia? ¿Por qué no me dejan morir en paz aquí?...» Ya me resignaba á obedecer, cuando un pensamiento súbito me iluminó y pensé así: «De seguro el Señor me envía por ese camino con algún objeto piadoso.» El objeto lo ví pronto... el objeto era que esta voz, pronta á callar para siempre perdiendo el son vano del mundo, dijera algunas palabras importantes á una alma bella y candorosa que el Señor tiene por suya. Bien sabe Dios que eres tú lo que más amo en la tierra; nos criamos juntos, y nuestras inclinaciones, como nuestras caras, se parecían; á los dos nos gustaba la vida espiritual, y en la edad en que todos los niños juegan, nosotros quisimos ser martirizados. Nuestra vida en aquel adusto pueblo de Ávila echó el cimiento en que luego cada cual debía edificar su piedad. Mi vocación sacerdotal preservóme al instante del contagio del mundo. Tú caíste, tú te alejaste de la senda de luz y te metiste en la obscuridad, y en la obscuridad, cuando los ojos de tu alma estaban ciegos, te casaste... ¡Y con quién! ¡No vitupero el matrimonio, que es santo también, sino tu elección! Pero los grandes gérmenes de tu alma fructificarán á pesar de todo; sí, fructificarán, hermana mía... Yo, por especial favor de Dios, he venido á morir en tus brazos; he sido mandado para que me veas y me oigas...

—¡Bendígate Dios mil veces!—exclamó María Egipciaca con efusión.—Yo creí que allá en tu santo retiro no sabías nada de lo que aquí pasaba; yo creí que ignorabas las ideas de mi marido...

—Allá lo sabemos todo. Yo conocía sus obras, sus ideas, su carácter, y tenía noticia de su exterior amable y de sus cualidades relativamente buenas... Sabía los vicios que devoran á nuestra desgraciada familia, vicios de los cuales tú y yo no debemos hacer un secreto. Nuestro pobre padre no vive como un prócer cristiano; nuestra mamá pone atención desmedida en las vanidades del mundo; Leopoldo es un joven disoluto, enfangado en la corrupción; y Gustavo, aunque defiende con brío la causa de Dios, hácelo con cierta ostentación mundana y más bien por orgullo que por el celo religioso. Los cuatro han olvidado que la hermosura, la gloria humana, las riquezas, los honores, el aplauso no sirven al fin para otra cosa que para los gusanos que todo se lo comen, y que cuantos afanes se pasen por lo que no sea el provecho del alma, son en beneficio de los mismos feos gusanos... Sólo tú te me apareces con algún carácter de santidad y virtud que descuella entre esta podredumbre; pero aun tú, con ser tan superior á los demás, no estás exenta de gran mal y expuesta también á perder tu alma...»

Al decir esto se le extinguieron súbitamente las palabras en la garganta, como si una mano invisible le hubiera agarrotado.

«Me ahogo—murmuró con sordo gruñido, echando la cabeza atrás.—No puedo...»

Apenas podía respirar, y su cuerpo se contrajo con dolorosas ansias.

«León, León,—gritó María llena de susto.

—No es nada... no llames—dijo con mucho trabajo Luis, empezando á recobrar el uso de sus gastados pulmones.—Creí que había llegado el momento... No tardará. Dame tu mano; no te separes de mí.»

Acercóse León.

«No es nada—le dijo su cuñado.—No hay que asustarse... Creí que me moría; pero no es hora, no; aún tengo algo que decir.»