Los tres guardaron profundo silencio.

«Este sitio no es bueno—dijo León.—Ha estado toda la tarde abrasado por el sol, y parece un horno. ¿Quieres que te pongamos al lado del Naciente, donde está un poco más fresco?

—¡Oh! Sí... es la parte mejor, porque no se siente el bullicio de la calle, ni ese vaho de ciudad populosa que aturde.»

Levantóse y anduvo algunos pasos apoyado en su hermana, mientras León transportaba los dos sillones; pero antes de llegar, el enfermo se encontró súbitamente sin fuerzas; y apoyado en el brazo de María, vacilaba como un ebrio.

«¡León, León, por Dios, ven!»

Sostenido entre los dos, el pobre joven ocupó su asiento en el costado oriental del jardín, y podía contemplar desde allí gran extensión de cielo estrellado, dominando la estepa.

«Esto me recuerda—dijo el colegial poeta recobrando su respiración,—nuestro querido páramo de Ávila, aquella imagen admirable del destino del hombre, aquellas noches sublimes formadas de un suelo desierto y de un cielo fulgurante, como si quisiera representarnos un árbol misterioso del cual no se ven sino las raíces y las flores... lo mismo que aquí, ¿ves? Las raíces abajo, las flores arriba; las penas acá, allá las corolas eternamente abiertas, exhalando el aroma de la dicha sin fin.»

Calló. Oíase tan sólo su respiración fatigosa. Miraba al cielo, cual si estuviera contando las estrellas como hacía en su niñez. María parecía rezar en silencio. León tomó el pulso á su cuñado, le tentó la frente, observóle después largo rato.