«Estoy bien,» dijo Luis sin mirarle.

Poco después León se alejaba. Sus pasos hacían sonar la arena del jardín con ese rumorcillo campesino que á veces supera á la más bella música. Cuando la rápida disminución del ruido indicó que el dueño de la casa había doblado el ángulo del jardín, Luis llamó á su hermana.

«María,—murmuró sin mover la cabeza.

—¿Qué?

—Pronto, muy pronto, hermana mía, atravesará mi alma por entre esos ejércitos de estrellas que parecen estar allí para aclamar á las almas que pasan triunfantes... ¡Oh! ¡qué puro y celestial gozo siento en mi espíritu!... ¡Si yo pudiera comunicarte este gozo, si yo pudiera hacerte comprender cuán hermoso es arrojar este fardo insoportable y volar solo, libre, hacia esa inmensidad iluminada para las eternas fiestas de los justos; volar solo, libre, sin arrojar siquiera una mirada sobre este muladar del mundo! ¿Ves esa maravillosa arquitectura de luces? Si son tan bellas éstas, que ni siquiera merecen compararse al polvo que huellan los bienaventurados más arriba, ¿cómo serán las que coronan á María Inmaculada, allá dentro, en lo más alto, en lo más hondo, allí donde nuestra mirada no puede llegar?

—Por Dios, hermano querido—dijo María con afán,—no hables mucho, sosiégate... estás excitado...

—Hermana, yo te hablo como el prisionero que aguarda el instante de su liberación, y tú me respondes con el lenguaje vulgar, estúpido, de los médicos... Desgraciada ilusa, ¿qué me importa á mí la salud del cuerpo? La vida del pobre insecto que pasa y se posa en nuestra cara para picarnos, me importa más que la mía. ¿Y cómo quieres que haga caso de esos inútiles cuidados tuyos, cuando sé que mañana...? sí, hermana querida: mañana, después de oir la santa misa y de recibir al Señor, daré mi adiós á la tierra... Estoy seguro de ello, me lo dice la misma voz que tantos anuncios certeros me ha hecho en mi vida de meditaciones, y... no lo dudes... es una visión... un anuncio divino... Mañana, mañana.»

María estaba absorta, espantada. El rostro de su hermano era como el de un cadáver que recobrase milagrosamente la mirada y la voz.

«Oye de tal modo mis palabras—le dijo Luis tomando sus manos,—que suenen en tus oídos mientras existas. Son las últimas exhortaciones de tu hermano moribundo y feliz, y si no tienen autoridad por mi persona, tiénenla por mi muerte, porque en todo moribundo hay algo de profeta. María, reconozco que hasta aquí has hecho algo para salvar tu alma: reconozco que has entrado en el buen camino, practicando, además de las devociones que á todos obligan, otras particulares, consagradas á la Santísima Virgen y á los santos; pero eso no basta, hermana mía; eso no es nada, mientras continúes consagrando parte de tu atención á las vanidades y engaños del mundo. Esas devociones que ahora se estilan y que permiten frecuentar los teatros y tertulias, vestirse con insultante lujo, pasear siempre en coche, fomentar la superchería y presunción, son verdaderas comedias de piedad. Reforma completamente tu vida: fuera mundo, fuera galas, fuera pompas, fuera lujoso vestir, fuera refinamientos de comodidades, fuera coches, fuera elegancia y anhelo de parecer bien.»