—¡Atrás, impío!»

«¡Oh! ¡qué necia estupidez!» exclamó León pasándose la mano por su frente cubierta de sudor frío y desechando la obsesión terrible.

Claramente oyó entonces la voz de su mujer que le llamaba. Aquel León, León, sonaba en su cerebro como una campana tocando á rebato. Levantóse, y lentamente, sin precipitación, con una parsimonia cruel y en cierto modo vengativa, se dirigió al jardín.


XXII
Vencido por el ángel.

«No, no es nada—murmuró Luis Gonzaga, cuando vió cerca al marido de su hermana—Una congoja algo más fuerte que las demás. Mañana...»

León le miró sin tocarle, á dos pasos de distancia, mudo, sombrío, y acordándose de su pasada obsesión, tuvo miedo de sus sentimientos.

«No—dijo para sí:—no es más que antipatía, que se ahogará en lástima, porque este desgraciado se muere.»

Luis tomó la mano de su hermana, y con voz débil, incorrecta, desigual, entre solemne y festiva á causa del súbito calenturón fulminante que le devoraba, le dijo: