«El mayor peligro á que estarás expuesta, será que te propondrán transacciones, acomodamientos... Prevente contra este lazo de la impiedad, que es una trampa cubierta de rosas, hija mía. No: entre el creer y el no creer no hay arreglo posible. ¿Concibes tú reconciliación entre el salvarse y el perderse para siempre? No hay término medio entre lo temporal y lo eterno. Huye de los arreglos, no cedas ni un ápice de tu firme y glorioso terreno. No se puede ser religioso á medias. El que deja de serlo por completo, ya no lo es. Nuestro Señor ha querido que esta obra admirable sea tal, que el que de ella quitase la más mínima parte, al punto queda fuera de ella... Cuida de evitar la pérfida trampa... Es el tema predilecto del siglo, y ha lanzado más almas al infierno que la misma impiedad... Acuérdate de mí, piensa en mí, tenme presente, no olvides que he venido á salvarte, á llamarte al camino de la verdad y á morir en tus brazos para que mi memoria sea más duradera. Dios nos envió juntos al mundo, y juntos nos quiere ver alabándole al pie de su trono de gloria. María, María...

—Sosiégate, hermano, sosiégate,» dijo María aterrada y llena de angustia.

Luis abrió los ojos con viveza, y mirando á León dijo con desvarío:

«Me parece que aquí hay alguien. María, ¿no es un hombre lo que veo?

—Es León, es mi marido... Llamemos al instante al médico... ¿no te parece, León?... Los criados, ¿dónde están?...»

María corrió á llamar; pero su hermano la detuvo, asiéndole fuertemente el brazo.

«No me dejes solo...—murmuró.—Has dicho que tu marido... Dios mío, Dios mío, ¿qué idea es ésta que me turba?... ¿Es escrúpulo pueril, como tantos que me han mortificado, ó movimiento de la conciencia? Dime tú, ¿qué es?... ¿Está aquí León?»

Marido y mujer callaron.

«¡Qué idea!... ¿Le habré ofendido? No: he dado á mi hermana los consejos que me dictaba mi piedad. Dios ha hablado dentro de mí. Dios, Dios... Es escrúpulo; pero aun los escrúpulos deben atenderse. ¡Ah! ¿está aquí el buen Paoletti?»