Sus ojos extraviados se fijaban en aquel momento en León.
«Padre Paoletti, ¿habré ofendido á mi cuñado?»
Después, como si hubiera oído una respuesta, añadió:
«Es verdad, no puedo haberle ofendido; y por si le ofendí, mañana le llamaré á mi lecho de muerte y le pediré perdón. Al mismo tiempo repetiré á María las advertencias.
—Llevémosle adentro,—dijo León.
—Llamemos á los criados,» murmuró María balbuciente.
El enfermo apartó los brazos de su hermana cuando se dirigían á acariciarle, y con voz muy torpe dijo:
«Dejadme aquí... Siéntate á mi lado.»
María se sentó. Sus cabezas casi se tocaban.