«Mañana, mañana, cuando haya recibido al Señor en mi humilde morada, le entregaré mi alma... ¡Pero qué frío hace! Está nevando, ¿no es verdad?»

Revolvió una mirada atónita por todo el espacio.

«No brillan las estrellas—murmuró con un ronquido.—¡Obscura noche, precursora del día claro y grande! Mañana, hermana, mañana pediré á todos perdón y me dormiré en el seno del Señor... Si vieras qué bien me encuentro ahora... qué dulce reposo siento... Pero me da pena... temo que esta mejoría alargue mi vida... Yo no quiero salud, yo no quiero estar mejor, yo no quiero sino dolores, ansiedad, ahogarme, estremecerme y morir... Este bienestar que ahora... siento...»

Su cabeza se fué inclinando lentamente del lado de su hermana, hasta que cayó sobre el hombro de ésta, como si le rompieran las vértebras del cuello. Cerró los ojos, de sus labios salió leve suspiro, y se murió como un pájaro que se duerme.

«Se fué,» dijo León examinándole.

María abrazó á su hermano y sostuvo el cuerpo que pesadamente se inclinaba hacia la tierra, y cuando los criados, acudiendo á las dolorosas voces del ama, trasladaron al muerto á su lecho, María le besó ardientemente inclinando su cabeza sobre el cuerpo rígido. León, no convencido aún del fallecimiento, acudió á tocarle las sienes, el pulso, á intentar la prueba del espejo. Incorporóse María enérgicamente, y rechazando á su marido con el nervioso gesto, con los ojos llenos de terror y de lágrimas, con la voz apasionada y furibunda, exclamó:

«¡Malvado! ¡No le toques, no le toques!»

Madrid, Mayo-Junio 1878.

FIN DE LA PRIMERA PARTE