En los palcos abundaban los grupos de hombres solos, todos de negro, con los codos en la barandilla, el sombrero encasquetado; nada de resabios manolescos en el vestir, pero sí un lenguaje entre parlamentario y chulesco, do aparecían revueltas, como berzas y flores en una cesta de compra, las frases de discurso, los conceptos agudos y los voquibles que tienen el picor de la cantárida y la sonoridad del escupitajo. Era un lenguaje fútil y escéptico como el de quien no cree ya ni en los toros, y con la puntería de gemelos atisbando arriba y abajo, á la corrida y á las damas, coincidían comentarios brutales sobre algunas de éstas. Virtud y volapiés se confundían en una sola crítica, y llegaban juntamente al oído, como el oro y el cobre entrando juntos por la hendidura de un cepillo. Una misma boca expelía juicios técnicos sobre la brega y casi con las mismas palabras descabellaba á una familia.
Allí había hombres que en los días feriados se ocupan en hacernos leyes, y otros que diariamente nos surten de decretos y reglamentos; aristócratas empobrecidos, plebeyos llenos de dinero, ricos primogénitos de provincia, toreros recogidos, viejos bien conservados, algún extranjero curioso. Pero lo más florido de la juventud adinerada campaba en las localidades de barrera, sitio predilecto del dilettantismo, donde tiene su asiento un ilustre senado de señores cuyos nombres engalanan las páginas de la historia patria, de jóvenes á quienes no falta cultura ni aun talento, de periodistas que suelen mojar su pluma en la sangre abrasada del toro para escribir una especie de prosa, impregnada, como la atmósfera del tendido de sol, de un heterogéneo tufillo de ajos crudos, almizcle y aguardiente.
Estaba en el circo Sacristán, arrogante bestia de Aleas, berrendo en negro, bien armado, de muchos pies, querencioso. Al clamor olímpico que acogió la fiereza de su primera embestida al caballo, unióse bien pronto un susurro de descontento, y todas las miradas ¡cosa inaudita! se apartaron del redondel, por cuya arena ensangrentada un espectro de caballo paseaba sus tripas, como la cometa sin aire pasea su rabo antes de caer en la tierra... Siguió adelante la suerte, y las gotas seguían cayendo; pero al fin, cuando Higadillos, vestido de grana y oro, los trastos en la acerada mano, brindaba delante de la Presidencia, vióse un movimiento general, una gran agitación del público. Levantábase la gente; aquí gritaban, allá gruñían, y en los tendidos oscilaban las cabezas y se entrecruzaban los brazos y zancajeaban las piernas. ¡Paso, paso, dispersión general! Horrible trueno retumbó en los aires, y al mismo tiempo, cual si se abriera una catarata en las negras nubes suspendidas sobre la Plaza, empezó á caer agua, ¡pero qué agua!... una lluvia gorda, torrencial, formidable, que azotaba con tremendos latigazos.
Espantoso fué el desorden, y la ira y el buen humor lanzaron de consuno imprecaciones y agudezas. En los tendidos, el más fuerte se abría paso á codazos, y el más ligero saltaba sobre el obeso, y la mujer pedía auxilio, y el chico berreaba, y la cabeza de la chula parecía esponja, y la gorra del hombre cabeza de tritón. Abriéronse aquí y allí algunos paraguas que chocaban unos contra otros, enganchándose con sus uñas de murciélago.
En el redondel, los toreros mojados seguían lidiando, y el animal, acobardado y huído, no estaba de humor de bromas. El agua quería lavar y no dejar huella de la sangre. Los caballos moribundos aspiraban con anhelo el aire húmedo que refrescaba su agonía. Era imposible seguir la corrida: llovían banderillas de agua; apenas se veía de un lado á otro de la Plaza. Sonó de pronto el cencerro de los pacíficos cabestros, y Sacristán, siguiéndoles, se fué al corral.
El público, huyendo del agua como se huye de un incendio, se aglomeró en los pasillos, que no podían contenerlo, á pesar del gran desahogo del monumental circo. Las escaleras estaban obstruídas. Como nadie se atrevía á salir mientras la lluvia no cediera, la enorme crujía circular era un gran barril de sardinas mojadas. No cabía ni una cabeza más. Las mujeres sacudían sus mantones, y los hombres maldecían á las nubes, y otros pedían su dinero. ¡Qué gritos, qué risas, qué agudezas, qué patadas, qué sacudir de sombreros chorreando agua, qué de estornudos y escalofríos!
Algunos jóvenes abonados á barrera trataban de abrirse calle á codazo limpio para ganar la escalera y subir á los palcos.
«Vamos arriba—decía uno de ellos.—Creo que está León. Nos cederá su coche, y que se vaya con el Ministro.
—Y si él no está nos iremos en el coche de la de Fúcar... Pero, señores, hagan el favor... Anda, Polito, ¿por qué te quedas atrás?
—¡Cascarones! aguarda... ¿no ves que me ahogo? Si estoy como una sopa... Déjame que tome una pastilla de brea... ¡Qué plancha! ¡qué corrida!»