A duras penas, molestando á muchos y oyendo quejas, lograron subir á los palcos. También arriba era grande el jaleo, porque como la dirección oblicua de la lluvia inundaba la mitad de los palcos de la Plaza, la gente de éstos buscaba abrigo en el corredor.

«Allí está León. ¡Eh! ¡León!—dijo Polito acercándose á un grupo donde había diputados y algún ministro.—¿Nos cedes tu coche?

—Sí... tomadlo... no me hace falta.

—¡Bravísimo! ¡chúpate esa! ya tenemos coche... abur.»

Y entre los hombres se veían señoras en parejas, en grupos, en bandadas, que esperaban el buen tiempo para tornar á sus carretelas. Allí todo era buen humor, risotadas, observaciones agudas, porque semejante público, si asiste con gozo á las corridas, no se enoja por una suspensión que tanto contraría á los de abajo. Lo imprevisto les seduce más que lo anunciado, y siempre harto de goces, anhela los cambios bruscos y las situaciones raras. Además, la lluvia no es cosa insoportable para quien tiene coche.

«¡Cómo estará esa pobre gente de los tendidos!—dijo una dama que en compañía de otra y de un señor mayor salía de su palco.—Tienen razón al pedir que se les devuelva el dinero. Han pagado asiento para ver la corrida y no para mojarse. Sin embargo, como es función de Beneficencia...»

Detuviéronse luego las dos damas para contestar á los saludos de tanta y tanta gente conocida.

«¡Qué chasco!... ¡Qué corrida!... Es delicioso... ¿Y usted se va? ¿Pues qué, se ha mojado usted?... Piden que les devuelvan el dinero... ¡Cuánto se habrá alegrado Higadillos, que estaba muerto de miedo!... Parece que ya afloja... Pero la Plaza está inundada... Yo me voy...»

La dama que quería irse tocó ligeramente el brazo de un caballero que estaba en el grupo de los hombres de pro, mucho banquero, mucho diputado, algún ministro.

«¿Vienes á comer?