—Iré—replicó León.—¿Pero ya?... He quemado mis naves... me he quedado sin coche.

—Ven con nosotras—dijo la dama tomando el brazo que le ofrecía León.—Yo no tengo paciencia para esperar más.

—Llueve mucho... Será preciso esperar á la puerta, y el turno de los coches será largo.

—No importa. Vámonos.»

La otra dama les seguía, tomando el brazo del galán viejo.

«Yo te hacía en Suertebella. Como me dijiste que no venías hasta la semana que entra...

—He venido esta tarde, porque me escribió papá anunciándome su llegada con un banquero francés, y es preciso disponer algunas cosas en la casa.

—Cuando te ví en el palco pensé ir á saludarte y á preguntarte si has tenido noticias de Federico.

—¿Yo?—dijo la dama con sorpresa y disgusto.—A mí no me escribe ni puede escribirme. Por sus primos sé que pensaba salir de Cuba para ir... qué sé yo á dónde... ¡Oh! no irá á buena parte.