Necesitaríamos tres capítulos para decir lo que pensaba León en aquel instante.
«En nada—repuso con afectada indiferencia:—en miserias y farsas del mundo.
—No puedes arrancar de la memoria á tu querida mamá política—dijo Pepa riendo.—¿No vas á sus reuniones? Las ha empezado con gran lujo al llegar la época de alivio por la muerte de Luis Gonzaga, ocurrida siete meses ha, si no me engaño. Tengo presentes las principales fechas de tu familia. No creas... van adquiriendo fama esas reuniones.
—Ya lo creo... adquirirán fama.
—Me dijo el Conde de Vera que anteanoche les dió de cenar admirablemente... ¿Qué pensabas tú, que tus suegros no habían de dejar bien puesto el pabellón de Tellería?... Ya ves... hay familias que no saben qué hacer del dinero...»
Los dos rompieron á reir. Pasando bruscamente de la risa á la pena, León dijo:
«Deja ese tema, que me hace daño.
—Tu suegra ha encontrado la piedra filosofal—añadió Pepa inexorable.—Debes estar orgulloso de tener en tu familia una doctora tan consumada en eso que Valera llama la Crematística... Por cierto que he sabido... por los criados se saben cosas muy saladas... ellos se cuentan todo unos á otros... ¡Oh! un detalle graciosísimo. ¿Te lo cuento?
—No, por favor.
—Vamos, que te lo cuento.