—Lo adivino... que el día de la gran cena no tenían qué comer... que hubo un escándalo en la casa porque llegó cualquier abastecedor ó confitero con una cuenta de veinte ó treinta duros... Todo eso me es conocido... es el entremés de todos los días.

—Pero no sabrás los escándalos de la de San Salomó con Gustavo en la misma casa de tus padres políticos. Me ha dicho Vera que se les ve siempre solos en un ángulo del salón, charla que charla con mimo y secreteo, con una impudencia, con un descaro... Así lo dicen... Quizás sea calumnia. ¡Se miente tanto!...

—¡Tanto!

—¿Y qué has oído del poeta?—añadió la de Fúcar con sagaz malicia.—¿El Marqués no te ha hablado de él? Este inspirado vate, cuyos versos no hablan más que de cándidas palomas, de iris de paz, de la familia cristiana, de la cumbre del Sinaí ó de Siná, de las vírgenes del Señor, de ansias pías, de azul empíreo, del querub tartáreo, de arroyos parleros, y de la... alma virtud; este egregio poeta cristiano tiene por Beatrice á tu adorada suegra...»

Pepa no podía contener la risa.

«Ella es la que le inspira esas cosas tan divinas, tan evangélicas, tan por lo metafísico que escribe... A mí me carga lo que no puedes figurarte. Es un tipo. Leer sus versos y después hablar con él, es como caer desde las nubes al fondo de un pozo de cieno. No hay sólo dramas en tu familia, hay también sainetes.

—Por Dios, Pepa, no me martirices—dijo León mostrando deseos de marcharse.—Ya sabes que no puedo acostumbrarme á ciertas cosas que otros ven con indiferencia cuando no pasan en su propia casa. No pasan en la mía, pero sí en la de personas que al nombrarme me llaman hijo. Esto me abruma... Yo no puedo vivir aquí. Decididamente me voy, me voy...

—¿A dónde?

—A cualquier parte. Sólo me falta un pretexto: lo buscaré. Ya sé que mi destino es vivir solo, sin familia... yo no puedo tener familia... Pues bien, viviré solo: no hay cosa mejor que la soledad...

—¿Te vas fuera de España?—preguntó Pepa, dominando su emoción.