—¡Qué extraño! ¡asustarse de mí un hombre tan valiente, un hombre de carácter y de juicio!...» dijo María con el acento rutinario y quejumbroso que había adquirido desde algunos meses.
Vestía la señora una bata de color más bien tirando á ratón que á liebre, y de exagerada sencillez y tosquedad. Estaba algo pálida, con amarillez más propia de desaliño que de mortificación; sus bonitos pies desaparecían dentro de grosero calzado de fieltro, y su cuerpo carecía de contorno y gracia. Sus hermosos cabellos se ocultaban como avergonzados bajo los pliegues de una especie de escofieta de muy desgraciada forma.
Después de mirarle un rato, María dijo severamente: «¡Me tienes miedo!
—Sí: te tengo miedo,—replicó él apartando los ojos de su mujer y fijándolos en el suelo.
—Pues qué—dijo María sonriendo con expresión de desdén y superioridad,—¿tan fea me he vuelto? No creas, me gusta verte temblar delante de mí... Este es privilegio de la humildad, señor mío, de la pobre humildad que hace bajar los ojos á la soberbia.»
Al concluir esta frase, María tomó una silla para sentarse. Bien porque sorprendiera un mohín de disgusto en la cara de su esposo, bien porque creyera sorprenderlo, dijo así:
«¿Te enfada que venga á molestarte? Ya lo suponía. Por lo mismo me quedo. Mi deber es antes que nada. Mi conciencia me exige que te pida cuenta del largo tiempo que estás fuera de casa. ¡Ah! León, tu conducta no es buena. Antes no eras cristiano, pero sabías guardar las apariencias; hoy ni siquiera eso.
—Tú—replicó León fríamente,—haces todo lo posible para hacerme aborrecible mi casa. Tu enfado, siempre que entran en ella los amigos que más quiero, unido al prurito de llenarla con personas que no son de mi agrado; tus frecuentes ausencias... porque tú también te ausentas, y aún más que yo, para pasar el día en las iglesias; el giro que ha tomado tu carácter, pues de cariñosa y amable te has trocado en arisca y regañona, son otros tantos motivos para que yo esté aquí lo menos posible. Esta es una casa de hielo y tristeza que oprime el corazón desde que se entra en ella.
—¡Oh! ¡qué iniquidades dices!—exclamó María mirando con unción al cielo, juntando las manos y llevándoselas á la barba.
—Créelo, mujer; yo no sé ocultar la verdad: tú has hecho de mi casa un antro solitario, árido y obscuro, y yo quiero luz, luz.»