Ante la energía con que dijo esto, María se acobardó un tanto. Después, pestañeando con gran viveza como quien rompe á llorar, dijo:

«No creas que tus brutalidades apurarán mi paciencia. Hace tiempo que me hablas como si yo fuera uno de esos que discuten contigo en los clubs, en los ateneos... qué sé yo cómo llaman eso. ¡Luz, luz! ¿quieres luz?... Muy bien. ¡Pobre hombre! ¿Te cansa al fin la ceguera de tu ateísmo?... ¿Pues qué quiero yo darte sino luz?... ¡Y tú empeñado en que no, en que no, en que has de estar siempre ciego!... Bueno, hombre, no te apures. Muy consolador sería para mí que nos salváramos juntos; pero tú te empeñas en perderte... Por mi parte, hasta el último momento, hasta la hora de la muerte te diré: «León, León, mira que...» ¿Te ríes? También me he acostumbrado á tus risas. Dios me da paciencia, y sabré ser mártir de tus burlas como lo soy de tu desdén y de tu enojo. Ríete de mí todo lo que quieras... búrlate. Si no me importa, si lo deseo; si mi afán, mi anhelo constante es padecer, padecer.

—¡Padecer!—exclamó León con amargura.—No es ciertamente ese mi deseo; pero sí mi destino. Dios ha querido que allí donde creí encontrar paz y amor, encuentre una guerra constante, hastío y tedio. Yo esperé cargar una suave cruz, y cayó sobre mis hombros un madero horrible, que me fatiga, que me anonada, que me hunde.

—¡Y ese madero soy yo! Gracias—dijo María no pudiendo sofocar el mundano despecho que pugnaba por sobreponerse á su misticismo.—Ese madero es tu mujer, soy yo.

—Eres tú. No puedo menos de decirte las cosas claramente. Debo decírtelas.

—Pues arroja, arroja esa carga insoportable—clamó la esposa con nerviosa inquietud, colorado el semblante, animados los ojos.—¡Te peso y no me tiras al suelo... pues mátame, mátame de una vez... Tengo la vocación del martirio.»

León miró con desdén á su esposa y le dijo solemnemente: «Yo no mato... por eso.

—¿Pues por qué? Yo creo que matas por todo... No se mata sólo á puñaladas: se asesina también á disgustos.