—Yo también sentí entonces remordimientos, ó mejor dicho, dolor muy vivo de mis culpas, y un afán ardiente de parecerme á aquel ángel, en cuya compañía quiso Dios que yo naciera. Me consideré destinada á un fin tan glorioso como el suyo. ¡Cómo se encendió entonces mi alma en un fuego celestial, puro, muy distinto por cierto de estos nuestros amores! ¡Qué placeres sentí, qué músicas del cielo oí, qué cosas imaginé, qué apariciones ví, qué ansiedades sufrí, qué afanes de ser miserable en la tierra para ser dichosa en el Cielo! ¡Qué ardiente deseo de morirme para gozar una parte siquiera de aquel gozo santo, santo, santo, en que está deleitándose mi hermano Luis! Yo rezaba y soñaba, y mi hermano se me parecía, no sé si en sueños ó despierta, resplandeciente de dicha y hermosura; llamábame á su lado y me repetía las exhortaciones del último instante de su vida... Después, no pasa noche sin que yo sienta su voz en mis oídos... No creerás en esta elevación ni en este ensueño de mi alma, porque estás ligado á la materia y no ves más que con los ojos del cuerpo. ¡Pobre hombre! ¡Pobre puñado de barro miserable! ¡Y es lo que llama el mundo un sabio, porque se ha enterado de cuatro cosas de la Naturaleza que nada le importan á nadie! ¡Pobre y desgraciado hombre! ¡Más desgraciado aún si no tuviera quien intercediese por él, quien pidiese á Dios misericordia para él, para él, que no la merece!

—Gracias,» dijo León secamente; y como su mujer se le acercara, apartó vivamente la mano para evitar el roce del vestido pardo.

El especial olor de aquella lana burda le atacaba los nervios.

«Tu ironía—declaró la esposa,—no me hará retroceder ni vacilar. Sé que tu rebeldía concluirá: me lo dice una voz secreta de mi corazón; me lo dice mi Dios cuando me quedo aletargada pensando en Él; me lo dice el bendito patriarca San José, que es mi amigo, mi abogado, mi patrón amantísimo, cariñosísimo y piadosísimo; me lo dice todo lo que ven mis ojos más allá, en ese cielo esplendorosísimo... Señor—añadió elevando los ojos y cruzando las manos, cuyas uñas no tenían la refinada pulcritud de otros tiempos,—sálvale, sácale de la pestilente secta atea en que ha caído, llévalo á tu gloria, hazle aborrecer sus condenadas doctrinas.»

Siguió rezando en voz baja. Tocándole luego en el hombro, le amenazó con la mano, y en voz muy baja silbó en su oído estas palabras:

«Has de venir á pedirme perdón; te arrojarás á mis pies; me has de rogar con lágrimas y suspiros que te enseñe á rezar; te arrastrarás como yo delante de los altares llenos de polvo, sin cuidarte de que se te ensucien las manos; vivirás como yo en perpetuos escrúpulos de conciencia; creerás que una sonrisa, una mirada, una idea fugitiva son pecados; querrás abandonar todos los bienes del mundo y te deleitarás con el culto constante, con el rezar sin fatiga, con el descuido de todo lo exterior, con despreciar el esmero del cuerpo, con la penitencia... Sí, tú has de salvarte; mis santos patronos no podrán menos de hacerme este favor; intercederán con Dios, y Dios te perdonará, te llamará á sí por mi conducto... ¡Oh! qué triunfo tan grande, qué victoria!»

Aquí alzó la voz, y poniéndose en medio de la estancia en actitud imponente, con la mano alzada, la mirada radiante, la cabeza erguida, exclamó:

«¡Miserable ateo, te salvarás aunque no quieras!»

Mirándola salir, León callaba. El largo padecer iba haciéndole estóico. Tanto se había martillado sobre su corazón, que éste parecía convertido en insensible yunque. Después dejó caer el puño sobre el brazo del sillón con tanta fuerza, que se estremeció ligeramente el piso. Parecía decir: «Ya no más, ya no más».