IV
El mayor monstruo, el crup.
Por la mañana muy temprano, León se dirigió en su coche á Carabanchel. Era el aire fresco á causa de la lluvia que no había cesado de caer en toda la noche, y el fango del suelo, como un espejo turbio, reproducía suciamente todos los objetos. Trabajadores de varias clases y carreteros que blasfemaban como señoritos (valga la inversión de los términos de este símil), transitaban por el puente y el camino, cruzándose con arrieros de Fuenlabrada y hortelanos de Leganés ó Moraleja. Por allí arrojaba también Madrid, en aquel amanecer triste, algunos de sus muertos pobres, que eran llevados en hombros hacia San Justo ó Santa María.
Pasado el primer Carabanchel, León traspasó la verja de una magnífica finca, situada en el segundo Carabanchel ó Alto. La posesión de Suertebella es una de éstas que el capital abundante y la paciencia han hecho en las proximidades de Madrid, y sostiene digna rivalidad con las célebres Vista-Alegre, Montijo, Alameda de Osuna, Bedmar en Canillejas. Tenía extenso y frondoso arbolado de olmos, acacias, gleditchias, soforas, con su gran planicie de costoso césped, donde se veían gallardas sequoias, nísperos del Japón, magnolias y otras especies exóticas; magníficas estufas llenas de fucsias y gomeros, helechos arborescentes, cactus y araucarias; corrales poblados de castas diferentes de gallináceas; cuadras donde los caballos vivían como caballeros; establos y pajarera, sin que faltase un poco de ría para pasear en barquichuelo, un tiro de pichón, gruta, estanquillo de piscicultura, hasta algo de ruínas con su imprescindible pincelada de hiedra y musgo.
El palacio, aunque construído de prisa con ladrillo y revoco, era suntuoso y elegante, sobre todo en su parte interior, donde una mano pródiga y muy ducha en elegir reunió cuanto de rico, raro y bonito producen las artes suntuarias de nuestros días. Era de planta baja, constituído por larga serie de grandes salones en fila, decorados primorosamente. Quien haya visto las viviendas de la aristocracia bancaria, comprenderá que no faltaba el salón árabe, obra delicada de Contreras, ni el japonés, ni el gótico-sajón, ni menos el obligado Luis XV. El Marqués de Fúcar se pirraba por todo lo que fuera carácter, y la cosa más bella del mundo no era de su devoción si no estaba absolutamente impregnada por todos los cuatro costados de aquella calidad, que hacía decir: «¡Oh! vean ustedes qué carácter.»
León atravesó uno tras otro aquellos salones anchos, solitarios, vacíos de gente, lúgubres, vestidos de seda como príncipes amortajados, y en su grandiosa capacidad parecía que alguna enorme boca bostezaba. Las alfombras, cuya blandura habrían envidiado los colchones de algunas casas, apagaban sus pasos; los ricos bronces cincelados, que todavía olían á embalaje, y el barniz de los cuadros de almoneda, reflejaban fugitivos rayos de luz, y algún reloj decía su monólogo impertinente, turbando el silencio de aquellos antros cubiertos de joyas. Vió retratos históricos que fruncían el ceño; figuras poussinescas de risueños colores que bailaban en los tapices con pastoril juego; Cristos de extremada amarillez cadavérica en brazos de la Madre Dolorosa; centenares de torerillos, mujerzuelas y chulos de los que crea la moderna escuela menuda de España, y que tanto gustan á los aficionados de hoy; barros graciosísimos y acuarelas representando escenas un tanto libres; gordinflonas ninfas de Rubens y flacos corceles de turf retratados con tanto esmero como se retrataría á Cavour ó á Lord Byron; preciosos gatitos de porcelana, que hacían mimos en el borde de un jarro, y jardineras sostenidas por horrendos hipopótamos, grifos ó cosa semejante.
Vió también criados en cuyo semblante se pintaba la consternación, y criadas que tenían los ojos encendidos de llorar. Algunas palabras rápidas y angustiosas le pusieron al corriente de la situación. Vió después que delante de muchos santos ardían velas primorosas, tan bonitas que parecían hechas por manos de ángeles, y oyó rezos y llantos. Por último, llegó á donde estaba el centro de tanta tristeza, una cámara silenciosa, fúnebre, medio á obscuras. Se acercó, cual si en ella estuviera pasando el hecho más transcendental de la historia humana. Lo que allí pasaba era un dramita, la muerte de un sér pequeño, una catástrofe menuda de esas que no tienen ningún eco en el mundo, porque no le arrebatan ni hombre grande ni mujer útil, pero que llenan de congoja y turbación á las familias. En pos de aquella muerte no vendría orfandad, ni viudez, ni ruínas, ni herencias, ni trastornos, ni siquiera luto; no habría sino un episodio más de la eterna hecatombe de chiquillos con que la Providencia, matándoles en la puerta de la vida, llena de aflicción á las madres. Creyérase que necesita recortar todos los días á la raza humana, codiciosa de crecer demasiado.
Pepa, vestida aún con el traje que llevó á los toros, habíase arrojado en una silla, las manos cruzadas, la mirada atónita. Su desesperación silenciosa causaba vivísima pena á cuantos estaban allí, y los que no podían contenerla se salían fuera á llorar. Junto á ella estaba el lecho, tan bonito, que las hadas no lo fabricaran mejor con sus dedos maravillosos. Era como una canastilla de cañas de oro destinada á ostentar las flores más delicadas: sus cortinas blancas con lacitos de rosa y encajes eran de tanta gracia y belleza, que no las desdeñarían los ángeles para jugar al escondite entre sus pliegues. León se acercó hasta ver la cabeza de la moribunda, que hundía suavemente con su peso la almohadita llena de rizos dorados y de lágrimas.
León sintió escalofríos de pavor y como un puñal partiéndole el corazón al ver á Monina con la cara lívida y descompuesta, los labios violados, los ojos muy abiertos, pestañeantes y lagrimosos, el cuello entumecido, tirante, hinchado por el infarto de los ganglios, y padeció más al oir aquel gemido estertoroso, que no era tos ni habla, sino algo semejante á voz de ventrílocuo, una nota aguda, desgarradora, agria como chirrido de un pito en boca de un demonio y parecida á la inflexión del canto de un gallo, de donde viene, según algunos, el nombre de crup (crow). La vió contraerse sofocada, llevándose los dedos al cuello para clavárselos, con ansia de agujerearse para dar paso al aire que faltaba á su garganta obstruída. ¡Espectáculo horrible! La muerte de un niño por estrangulación, sin que nadie lo pueda evitar, sin que la ciencia ni el cariño materno puedan distender la invisible garra que aprieta el cuello inocente antes blanco como lirio y ahora cárdeno como un pedazo de carne muerta; aquella vida pura, inofensiva, amorosa, angelical, que se extingue de manera trágica, con las convulsiones del criminal ahorcado y el espanto de la asfixia, es uno de los más crueles ejemplos del dolor inexorable que acompaña, como prueba ó castigo, á la vida humana.
En aquella agonía sin igual, Monina volvía sus ojos acá y allá y miraba á su madre y á los criados, como pidiéndoles que le quitasen aquella cosa apretadora, aquella pupa más terrible y dolorosa que todas las pupas posibles. ¡Bárbaro drama de la Naturaleza!