—Cuando los ladrones no entran por la puerta, sino por mina subterránea, el joyero no tiene noticia de ellos hasta que no le falta la joya. Me quitaron el amor, la generosidad, la confianza; no me dejaron más que el deber frío, la corrección moral en lo externo. Era una fuente cristalina; secaron el manantial, se estancó el agua, y cuando fuí á beber no hallé más que el sedimento impuro. Corriendo, corriendo siempre, aquella agua, que amargaba un poco, se habría dulcificado; pero no la dejaron correr, la encerraron en un charco...

—Dulce y por extremo rica era y es aquella agua, querido señor—dijo Paoletti con expresión seráfica;—agua mística, agua suavísima, regaladísima, que es la esencia del alma misma, el amor divino. Cuando esta agua corre en el mundo, justo es que Dios se la beba y arroje el vaso.

—Es lo que me han dejado, el vaso.

—El vaso de oro, que es lo que apetece la concupiscencia del joyero sin fe. El desgraciado esclavo de la materia para nada necesita del agua riquísima. Su sed no se aplaca con amores del agua: su sed no es más que una forma de avaricia, y se sacia con la posesión del oro del vaso, con la hermosura corporal.

—Para el que no conoce el amor sino por el pecado, para el que no siente el amor, sino que solamente lo oye, recibiendo aquí (y señaló la oreja) los secretos de los que aman, la vida del corazón es un misterio incomprensible. El no ve más que deberes cumplidos ó faltas cometidas. Esto es mucho, pero no es todo. El que no ha bebido jamás, sólo concibe el gusto insípido del misticismo ó el amargor del pecado.

—El que no ha bebido jamás, y sin embargo no está sediento, puede por la preciosa facultad de asimilación, que es uno de los más hermosos dones de nuestra alma, penetrarse bien de todas las suertes del verdadero amor, desde el más noble al más impuro. El que todo lo sabe, todo lo siente... ¡Oh! usted que así nos vitupera, habría podido tener amigos en los que cree enemigos, y leales pacificadores de su matrimonio en los que cree perturbadores de él.

—Rechazo, detesto esa colaboración.

—¿Con qué derecho acusa el que por sí ha roto todos los lazos? Sólo la circunstancia de considerarse fuera de la Iglesia, quita á ciertos hombres el derecho á quejarse de los inconvenientes de un lazo que es por sí religioso. «Yo no quiero religión, dicen, yo la abomino, yo la echo de mí; no permito á la Fe que se defienda de mis ataques, ni que reclame lo suyo.»

—Lo que no quiero que reclame es lo mío, lo humano.