«Sr. D. León, la persona que conozco en todo el mundo más digna de lástima es usted... Nuestra pobre Doña María no es digna de lástima, no, sino de admiración. Muerta, entrará en la región de los bienaventurados, ornada de diversas coronas, entre ellas la del martirio; viva, será ejemplo de mujeres superiores. Es un delicado lirio que en sí reúne la hermosura, la pureza y el aroma.

—Era, sí, un delicado lirio—dijo León pálido y con nervioso temblor en su lengua, en sus ojos, en sus facciones todas,—un lirio que convidaba con su pureza y su aroma al amor cristiano, á los honestos goces de la vida...

—Pero juntóse al cardo...

—No... Vino el hipopótamo y lo tronchó con su horrible planta.»

Los ojos del Padre se multiplicaron.

«Es un tesoro de las más altas prendas.

—Era un tesoro de las más altas prendas—afirmó León haciendo un nudo en la servilleta y apretándolo fuertemente,—mezcladas con pasiones toscas, una naturaleza al mismo tiempo contemplativa y sensual.

—Vino la mano depuradora y apartó la escoria...

—Vino la helada mano, y arrojando fuera los diamantes, no dejó más que la pedrería falsa.

—¿Por qué se descuidó el joyero?