La sala de Himeneo, llamada así porque en el centro de ella había un grupo representando la idea del matrimonio en un abrazo de mármol, estaba próxima á la habitación que llamaremos de María Egipciaca; pero no junto á ella. Una mesa fué traída al punto. León y el Padre Paoletti almorzaban.

«Consommé—dijo León, sirviendo á su comensal una buena porción de rico caldo.—Esto le conviene á usted.

—Estoy pensando, querido señor—dijo Paoletti, después que con las primeras cucharadas puso remedio á la gran debilidad que sentía,—que en toda mi vida, que no es corta ni carece de lances extraños, he visto un cuadro como el que en este momento presenciamos los dos.

—¿Cuál es el cuadro?

—Nosotros... usted y yo comiendo juntos. Ningún suceso es obra del acaso. Sabe Dios á qué plan divino obedecerá esta peregrinísima reunión nuestra. ¿Qué grandes mudanzas en los órdenes más altos no trae á veces el encuentro, al parecer fortuito, de dos personas? Reflexione usted, querido señor: á veces una meditación breve, una observación pasajera, dan al alma claridad vivísima, y entonces... No, no, gracias: no me dé usted cosas picantes ni nada de estas fruslerías de la cocina moderna... ¿Ha meditado usted?

—¿Quiere usted vino?—dijo León, poco inclinado á seguir al Padre por el campo de sus observaciones.

—No lo pruebo jamás. Deme usted agua pura, y Dios le pague su amabilidad... Cualquier tonto que juntos nos viera me criticaría á mí ó le criticaría á usted... «Miren el Padrazo haciéndose mieles con el liberal,» dirían, ó «Miren al incrédulo partiendo un confite con el clerizonte...» sin comprender que, aunque coman juntos un poco de pan y carne, la verdad no transige nunca con el error, ni el error perdona jamás á su enemiga la verdad... ¿Fresa? jamás la pruebo... porque la vergüenza del error es la verdad, por lo cual huye de ella, se esconde y se ciega con imaginaciones suyas, ó bien se tapa los oídos con el bulliciosísimo estruendo del mundo... ¿Pero no come usted?

—No tengo apetito.»

Paoletti almorzaba poco. León casi nada. Clavando en éste sus ojos llenos de expresión, el italiano le dijo con patético acento: