Paoletti, que era entendidísimo en artes bellas y aun en las suntuarias, elogió mucho la riqueza de Suertebella, dando así propicia coyuntura al Marqués para que gustara su satisfacción predilecta, que era enseñar el palacio, sala tras sala, sirviendo él de cicerone... Largo rato duró la excursión, que á marear bastaría la más sólida cabeza, por la heterogénea reunión de cosas bonitas que contenían aquellos pintorreados muros. Paoletti lo admiraba todo con comedimiento, demostrando ser hombre muy conocedor de museos y colecciones. El Marqués de Fúcar, que parecía la gacetilla de un periódico, según prodigaba sus elogios á las obras medianas ó malas, solía apuntar el precio de algunos objetos, bien cuadritos tomados á Goupil, bien porcelanas adquiridas en el martillo de la calle Drouot, y que eran hábiles imitaciones.

«Y aquí me tiene usted aburrido, completamente aburrido entre tantas obras de mérito—decía encarándose con Paoletti y cruzando las manos en actitud ascética.—Soy esclavo del bienestar, mi querido Padre. Parece que no, y ésta es la esclavitud más odiosa. ¡Cuánto envidio á los que viven tranquilos, con esa libertad, con esa independencia que da la pobreza, sin los afanes del trabajo, sin conocer otro banquete que el que cabe dentro de una escudilla, ni más palacio que cualquier celda, choza ó agujero...

—¡Oh! querido señor mío—manifestó el italiano riendo y llevándose la mano á la boca para ocultar urbanamente un bostezo,—pues no hay nada más fácil que realizar ese deseo... ¡Ser pobre! Cuando oigo á los mendigos expresar deseos de ser millonarios, me río y suspiro; pero cuando oigo á los ricos hablar de la cabañita y de un palmo de tierra en que descansar los huesos, les digo lo que me permito decir á usted en este momento: ¿por qué no se va el señor Marqués á las ermitas de Córdoba? ¿por qué no cambia á Suertebella por una celda de cartujo?...»

Y concluyó la observación como la había empezado, con francas risas. Otra vez bostezó, haciendo pantalla de su blanca mano para cubrir la boca.

«Eso... dicho así—repuso Fúcar riendo también,—parece fácil; pero... ¿y las cadenas sociales... y el yugo de la patria, que no quiere desprenderse de sus hijos más útiles?... Ahora caigo... ¡qué descuido el mío! Es muy tarde y usted no ha almorzado.

—¡Oh! no importa... deje usted.

—¿Cómo que no importa? Puede ser que aún esté ese bendito cuerpo...

—Con el triste chocolate nada más. Pero es un cuerpo de misionero y sabe resistir.

—León, León—dijo D. Pedro llamando á su amigo, que en aquel momento pasaba por la pieza inmediata.—Voy á mandar que os sirvan el almuerzo en la sala de Himeneo. No querrás alejarte mucho de tu mujer... Y usted, Sr. Paoletti, no gustará del bullicio del comedor. Ahora están almorzando todos los que han venido últimamente... ¡Bautista, Philidor

Dando voces á los criados españoles y al maestresala francés, el Marqués hacía correr á sus fieles servidores de un aposento á otro. La multiplicidad y premura de los servicios eran causa de que se sintieran crujir los finos pisos de madera, y de que se oyera por todas partes el tin-tilín de botellas y copas transportadas en enormes bandejas, y el claqueteo de los platos, rumor tan grato al cortesano hambriento. Olores de guisotes y frituras recorrían los largos pasillos y las grandiosas salas, como corre el incienso por los templos de capilla en capilla.