—¡Oh! Sí... almorzad, almorzad...—replicó María alegremente y dulcificando su mirada.—Pero no tardes: quiero verte... quiero hablarte... No olvides que tu deber es acompañarme, no separarte de mí ni un solo momento... Ahora que te cogemos á propósito, verás qué reprimendas y qué sobas te vamos á dar el Padre Paoletti y yo. Te veo ya acobardado y humillado... ¡pobre hombre!... ¡desgraciado ateo! Pero no tardes: quiero verte... Mira... esta noche pones ese sofá aquí, junto á mi cama, para que duermas á mi lado... Así dormiré yo mejor, y si sueño algún disparate, con alargar la mano y tocarte me tranquilizaré.
—Bien: haré todo lo que deseas,—dijo el esposo con la vacilación en la mente y el hielo en el corazón.
—¡Ah!—prosiguió María, reteniéndole por la manga;—dispón que me traigan hoy mismo mi rosario, el crucifijo y todos mis libros de rezo que están sobre la mesa de mi cuarto; todos, todos los libros, y el agua de Lourdes, y mis reliquias, mis adoradas reliquias.
—Rafaela irá esta tarde á Madrid y te traerá todo.
—¡Cómo se conoce que estoy en el cuarto de un ateo!—observó la enferma, tomando de súbito el tono impertinente, que no había desaparecido en ella sino ante la atroz quemadura de los celos.—No hay aquí ni un solo cuadro religioso, ni una imagen, nada que nos indique que somos cristianos... Pero ve á almorzar, ve á almorzar. El buen Padre estará en ayunas... ¡pobrecito! Dale lo mejor que haya, ¿entiendes? lo mejor. Reconoce tu gran inferioridad; humíllate, hombre. Háblale de mí, háblale de mí, y aprenderás á apreciarme mejor.»
Cuando León salía disimulando una sonrisa amarga, volvió á cantar el gallo.
VII
Fuegos parabólicos.
Luego que Fúcar entendió que pisaba los pavimentos de Suertebella la venerable planta del Padre Paoletti, se apresuró á ofrecerle palacio, mesa, servidumbre, coches, capilla, obras de arte. Creeríase que D. Pedro era poseedor de toda la creación, según la facundia y liberalidad con que todo lo brindaba para goce y dicha de la humanidad menesterosa. Y arqueándose cuanto lo consentía su crasa majestad, manifestaba con reverencias y cortesías cuán inferiores son las riquezas y esplendores del mundo á la humildad de un simple religioso, sin otra gala que su sotana, ni más palacio que su celda.