Oyóse otra vez el canto del gallo.
«He negado á mi Dios, he faltado á la verdad—dijo Paoletti con sonrisa que parecía reprensión.—Si ese gallo sigue avisándome con su voz que parece venir del cielo, no tendré fuerzas para hacer traición á mi Maestro.
—Es caridad. Los gallos no entienden de esto.
—Ella y Dios me lo perdonarán. Como no la he engañado nunca, como de mis labios no ha oído jamás palabras que no fueran la misma verdad, me cree como al Evangelio.»
León meditó un momento sobre esta última frase, que despertaba en él añejos dolores.
El médico hizo en voz alta lisonjeros vaticinios sobre la enfermedad.
«¿Oye usted lo que afirma el facultativo?—dijo el confesor hablando aparte con el marido.—Albricias, querido caballero: ya se puede asegurar que nos vive Doña María.»
Aquel plural, dicho y repetido naturalmente y sin malicia, era el más cruel sarcasmo que León escuchara de labios humanos en toda su vida. Había visto con gusto la milagrosa virtud terapéutica de los consuelos del Padre en la desgraciada María; pero aquella familiaridad del clérigo con su penitente, aunque encerrada dentro de la pudibunda esfera de las relaciones espirituales, le repugnaba en extremo. Fué aquél un momento de los más tristes para su espíritu, porque vió cara á cara la fuerza abrumadora con que había querido luchar durante los batalladores años de su matrimonio. Se entristecía y se avergonzaba. ¡Ay! El divorcio moral de que repetidas veces habló y que, según él, estaba ya consumado, no fué completo y radical hasta aquel momento. Hasta entonces quedaba la estimación, quedaba el respeto; pero ya estos tenues hilos parecían, si no rotos, tan tirantes que pronto, muy pronto, se romperían también.
Ocultando lo que en sí pasaba, se acercó á su mujer y le dijo:
«El Sr. Paoletti y yo vamos á tomar alguna cosa... Rafaela te acompañará mientras volvemos.