Volvióse á oir el canto del gallo, y el clérigo suspendió su frase cual si le faltara la voz. Recobróla al variar de asunto, y dijo:
«Con que, amiguita, á ponerse buena pronto... ¡Ah, qué función tan linda se perdió usted ayer!... Cuando vuelva usted por allá le enseñaremos las estampas que hemos recibido... Tenemos agua de Lourdes fresquecita... ¡Cuánto hemos echado de menos á nuestra Doña María! ¡Ah! se me olvidaba: ya nos comimos el chocolate... Se le dan gracias cordialísimas á nuestra protectora en nombre de todos los de la casa.
—Si no vale nada... ¡Por Dios!
—Doña Perfecta se ha enojado con nosotros porque no quisimos admitir su donativo... Angelical señora es Doña Perfecta. ¡Qué alma tan pura! ¿Pues y la pobre Doña Juana? Anoche nos mareó de lo lindo y hasta nos llamó déspotas porque hemos prohibido á la mujer del portero que le haga el café á ella y á las demás devotas madrugadoras que van á comulgar muy de mañana y quieren desayunarse en seguida. Francamente, la portería parece algunos domingos un restaurant.»
A esta sazón entró el médico, diciendo:
«Mucha, mucha conversación hay aquí... Si tendré yo que venir como un maestro de escuela con una caña en la mano á mandar callar.
—Yo... punto en boca. Creo que he hablado más de la cuenta—indicó el confesor,—y me voy á dar una vuelta por ahí.»
Llevando á León al hueco de la ventana, le dijo: «¿Qué tal?
—Bien,» replicó León, admirando la habilidad histriónica del Padre.