—Gracias, gracias. Señora Doña María—dijo Paoletti, inclinándose ante la enferma con mundana cortesía y riendo con familiaridad,—su marido de usted es muy amable... No lo había visto desde aquellos tristes días en que subió al cielo nuestro amadísimo Luis. He tenido mucho gusto de verle hoy.»
María miraba á su marido vacilando entre la benignidad y el enojo.
«¿Sabe usted, mi buena amiga—añadió el clérigo,—que hoy he descubierto una cosa por las vías más extraordinarias y más inesperadas?
—¿Qué?—preguntó la dama con gran curiosidad.
—Ya hablaremos de eso... no quiero incomodar.
—Dígamelo usted,—insistió María con el tono mimoso que emplean los niños cuando piden una cosa que no quieren darles.
—Pues he descubierto—prosiguió el italiano, bajando más la voz y fingiendo que no quería ser oído de León Roch,—pues he descubierto que su marido de usted es mejor de lo que parece: que todo cuanto le dijeron á usted... ya sé que fueron allá con mil cuentos la de San Salomó y Doña Milagros... es un puro error, equivocación... Me consta, ¿lo oye usted? me consta que no hay tales infidelidades...»
En los ojos de María brillaban con viva luz la ansiedad y el orgullo. Aquellas palabras, que en tal boca sonaban para ella como el mismo Evangelio, eran en su turbado espíritu cual bálsamo dulce aplicado por las propias manos de los ángeles. Se sentía saliendo de un negro abismo á la clara luz y al grato ambiente de un hermoso día. Aunque más tarde debía venir la reflexión á aquilatar el valor de tales afirmaciones, por de pronto las palabras del clérigo hicieron rápido efecto en su credulidad de penitente. Si Paoletti le dijera que en aquel momento era de noche, antes creyera en el error de sus ojos que en la verdad de la luz del día. Sin saber qué decir, ni cómo expresar su gozo, miraba al Padre y al esposo, y las manos de ambos estrechaba.
«Sí, mi querida amiga—añadió Paoletti,—no hay motivo para pensar en tales infidelidades, y este hombre...»