La sonrisa con que concluyó el discursillo comunicóse á María, que la reprodujo como reproduce la mar el color del cielo. Era Paoletti, como se ve, un hombre afable, meloso, de palabra sencilla, insinuante, de apariencia modesta y seductora en una pieza, por la reunión feliz de una figura simpática y de la voz más clara, más argentina, más conmovedora que se ha oído jamás. Era su acento dulce y firme á un tiempo, formado del misterioso himeneo de dos notas que parecen antitéticas: la precisión y la vaguedad. Los resabios del decir italiano, atenuados por el largo uso de nuestra lengua, daban á ésta en su boca como un son quejumbroso que hacía resaltar más los matices vivos y el enérgico juego de consonantes del idioma español. Conocedor de su destreza para instrumento tan primoroso, se esmeraba en manejarlo, corrigiendo los pequeños defectos y concordando la idea con la palabra y la palabra con la voz de un modo perfecto. El uso de superlativos dulzones hacía un poco empalagoso su estilo.
Mientras hablaba ponía también en ejercicio la singular luz, la expresión activa de sus ojos, cuyas múltiples maneras de mirar, que podrían llamarse fases, añadían y como redondeaban el lenguaje oral. De sus ojos podía decirse que eran la prolongación de la palabra, pues llegaban á donde no podía llegar la voz. Eran á ésta lo que la música es á la poesía. Indudablemente había algo de estudio en el extraordinario empleo de estas cualidades; pero la principal causa de ellas eran un don ingénito, y la dilatada práctica de bucear en conciencias y de leer en rostros con esfuerzos de agudeza y persuasión, y el usar artificio de ojeadas y reclamos de inflexiones dulces para descubrir secretos.
«Según el parecer de ese sabio médico—dijo,—nuestra dulcísima amiga se restablecerá pronto. Ha sido esto una crisis nerviosa que va pasando, y pronto volverá la calma primera. Estamos sujetos al traidor influjo de las bruscas impresiones morales que desatan tempestades en nuestra alma, sin que nuestra razón flaquísima lo pueda evitar. El demonio, siempre vigilante; la nefanda carne, rara vez sometida por entero, se amotinan y nos acometen, cogiéndonos de sorpresa. Aquí es el desvarío de los sentidos, que no abultan, sino que desfiguran las cosas; aquí el encenderse de la fantasía, que va á donde nunca debe ir, y todo lo ve de aquel color de sangre y fuego de que ella está vestida. El espíritu sucumbe aterrado por una apariencia vana, por una apariencia vana, mi querida amiga. Después viene el reposo, casi siempre después de un gran desorden físico, y se ven las cosas claras, se ve que no había motivo para tanto, que se hizo demasiado caso de la maledicencia, quizás de la calumnia; que se vieron fantasmas, sí, fantasmas... ¡Oh! ya hablaremos de esto, mi querida amiga... Ahora procure usted reponerse pronto y llevar su alma á un estado suavísimo... Y me parece que está usted muy bien alojada en esta casita. Tuvo buena elección su señor esposo al tomar tan tranquila vivienda. A mí me gusta mucho Carabanchel... Doña María, cuando usted pueda levantarse, y su esposo la saque á paseo, porque la sacará á paseo, ¿no es verdad? verá usted qué trigos tan hermosos hay por estos campos... Luego esto es una bendición para las gallinas: no da uno un paso sin tropezar con una bandada de estos animales humildísimos. Y basta de sermón por hoy, señora mía. Empecé por el alma y acabo por las gallinas; ¿qué tal?»
En este momento oyóse cantar un gallo.
«Es el gallo de San Pedro,» dijo Paoletti aparte á León.
Y volviendo rápidamente los ojos á su ilustre amiga, añadió.
«Empecé hablando del alma y concluí haciéndome cargo de las aves que hay en este pueblo. En otra ocasión empezaremos por el corral y acabaremos por el cielo... Con Dios.
—¿Pero se va usted?—dijo María con verdadera aflicción.
—Me pasearé por estos contornos, iré á comer, y volveré luego.
—¡Oh! no, de ninguna manera—manifestó León.—Comerá usted aquí.