El benemérito jinete de caballos ajenos no se hizo de rogar y bajó al punto al picadero. D. Pedro dió un suspiro, hizo una seña al Marqués de Tellería y al Marqués de Onésimo, dos nobles subalternos, el uno de raza y el otro de administración, que observando la fisonomía del noble del dinero, parecían tributarle culto idolátrico, acatándole con sus miradas é incensándole con sus aromáticos puros. Acercáronse entrambos, D. Pedro bajó la voz, y con entristecida cara les comunicó un pensamiento, una noticia, un hecho. Así, trasegando la pena de su afligido corazón al corazón de dos amigos, el digno prócer se sentía aliviado, respiraba con más desahogo, hasta podía soltar un chascarrillo y reir con aquella carcajada congestiva que oímos por primera vez en la casa de baños.

«¡Qué vida ésta!... ¡Qué alternativas, qué inesperadas peripecias!... Luego esta pícara tendencia del corazón humano á exagerar las penas pintándoselas como irremediables...»

Onésimo se quedó estupefacto al oir el hecho referido por su insigne amigo. Creeríase que su cabeza, totalmente absorbida por las altas especulaciones bancarias y por la metafísica de hacer empréstitos, no comprendía aquel hecho vulgar. El de Tellería se llenó de alborozo oyendo palabras tristes que salían de los labios de Fúcar, y tuvo una idea propia, una idea felicísima. Acariciábala en su mente, contemplando con los ojos del cuerpo las pinturas decorativas del comedor de familia, en cuyas paredes se veía representado un verdadero diluvio de animales muertos, perdices, liebres, ciervos, cangrejos, y otro diluvio de frutas, berzas, pepinos y mariposas. El roble tallado también ofrecía medallones de cacerías, bocas tocando trompetas venatorias, perros corriendo, manojos de perdices y mil representaciones diversas del reino alimenticio, de tal modo, que el comedor, parecía el palacio de la indigestión.


VI
El clérigo miente y el gallo canta.

Cuando María Egipciaca vió que entraba en su cuarto el Padre Paoletti, lanzó un grito de alegría. Le miró con cariño, posó después los dulces ojos en León, expresándole su gratitud por aquella fineza matrimonial que rayaba en lo sublime, y alargó una mano á cada uno. Aquel movimiento tan natural en ella, y que no fué acompañado de ninguna observación, era la cifra de su vida, y aun podría ser la síntesis de este libro en lo que á la dama se refiere. Los dos le preguntaron á un tiempo que qué tal se encontraba, y con una sola respuesta satisfizo á entrambos.

«Me parece que estoy mucho mejor. Me siento con ánimos...»

León le dió una palmada en el hombro, diciéndole: «Ahora... yo me retiro.

—No, no, no—declaró con gran presteza el Padre Paoletti, que se había sentado á la izquierda de la cama.—Doña María y yo no vamos á hablar de cosas de conciencia... El médico nos ha dicho que su estado no es ni bastante grave para acudir con premura á la salvación del alma, ni bastante lisonjero para poder platicar extensamente sobre temas espirituales que, por lo mismo que son dulcísimos y preciosísimos, fatigan la atención. Departiremos un poco los tres... sí, señor, los tres... y á su debido tiempo, cuando esa cabeza esté más serena, mi ilustre hija espiritual y yo nos secretearemos un poco.»