León quiso arrancarle aquellas ideas, mas no lo consiguió. Sólo se quedó tranquila cuando Paoletti, que era para ella la verdad misma, le dijo: «Mi buena amiga, esos ruidos y esos olores, quizá sean pura aprensión.»

Esta vez no cantó el gallo.

«Deseo rezar—dijo María.—Pero no te vayas, León, no te vayas. Supongo que viéndome enferma no te reirás interiormente de mí porque rece. Quiero que me oigas y que te estés callado oyéndome, porque esa es tu obligación. El que no cree, oye y calla... Pero no: no te separes, no...

—¡Si estoy aquí!

—Siéntate, y no mires al suelo, sino á mí. Mi Padre y yo rezaremos, y tú... ahí, ahí quieto. Cada palabra nuestra será un latigazo... pero tú quieto ahí, sin moverte, mirándome... aquí... de modo que yo te vea bien...»

Y sujetándole la mano, echábale miradas amorosas.

«No debes rezar—le dijo León.—Nuestro amigo el Sr. Paoletti rezará... pon atención y no te fatigues.

—Bueno—dijo María, tomando de debajo de la almohada una medalla que le había traído Rafaela.—Ahora, hazme el favor de besar esa medalla.»

León la besó, no una, sino muchas veces. María la besó luego, diciendo: «¡Madre mía, salva á mi ateo, y si él no quiere salvarse, sálvame á mi, y mientras viva consérvamele fiel!»

Sin quererlo, se pintó á si misma en esta breve plegaria. La síntesis de su pensamiento era: «que yo me salve, aunque para salvarme tenga que hacer pedazos la ley fundamental del matrimonio, y que mientras yo abandono lo humano para aspirar con ferviente anhelo á lo divino, mi marido, este hombre que la Iglesia me dió para mi regalo, me quiera mucho, muchísimo, guardándose muy bien de mirar á otra.» En una palabra: para ella, como poseedora de la verdad, grandes libertades; para él, como esclavo del error, todos los deberes.