La habitación se obscurecía lentamente, llenándose de tristeza fúnebre, en la cual no tenía poca parte el rezo cadencioso del diminuto clérigo. ¡Cosa por demás extraña! Aquella voz tan armoniosa y dulce en la conversación corriente, tornábase un tanto áspera en la plañidera rutina de los Paternoster y Avemarías. Rafaela trajo luz á punto que se acababa el rezo, y con esto, y con la transición del sonsonete al tono agradable del diálogo, se creería pasar de una región sepulcral á una esfera de vida. Paoletti, después de charlar jovialmente con su ilustre hija espiritual, se despidió hasta el siguiente día. Cuando León, atento á las conveniencias, le acompañaba hasta la sala del Himeneo, el clérigo le dijo con acritud: «Quiera Dios, asegurándole la salud, que me sea permitido pronto mostrarle la pura verdad. Esta comedia comienza á dejar de ser caritativa.»
León vió al sacerdote bajar con precaución la escalinata y meterse en el coche; y cuando éste rodaba por la fina arena del parque, se internó de nuevo en el palacio, diciendo para si: «¡La verdad! ¡la verdad! ¡Que la sepa y que viva! ese es mi deseo.»
En el salón de tapices, llamado así porque contenía en sus paredes hermosa colección de aquellas obras de arte, cuyas gastadas tintas y pálidas figuras parecían representar una procesión de tísicos, había placentera tertulia. León no quiso asomar por allí y volvió al lado de su mujer. Nada ocurrió en la primera noche digno de ser referido, sino que el médico, no seguro aún del buen resultado, recomendó con más energía el reposo, y puso veto á los rezos y ejercicios místicos. Serían las diez cuando María, después de dormir un poco con fácil sueño, se mostró inquieta, inclinada á hablar más de la cuenta. León, obedeciendo á su mandato, había colocado un sofá junto á la cama, y en él trataba de descansar también. Pero María le hacía mil preguntas, hablándole de sí misma, de él y de los demás. Entonces oyó León repeticiones de las impertinentes homilías caseras que tanto le mortificaban en épocas anteriores: se oyó llamar ateo, empedernido materialista, enemigo de Dios, hombre lleno de orgullo y de pecado, si bien estas duras acusaciones eran suavizadas en el orden material por la hermosa mano de María acariciando la barba del heterodoxo, dándole golpecitos á ratos, ó cogiendo entre sus finos dedos la piel del cuello con tanta fuerza á veces, que se oía la voz del marido:
«¡Oh! Que me haces daño.
—Más mereces tú... Pero mucho te será perdonado si cumples tus deberes conmigo.»
A esto sucedía larga pausa en que los dos parecían dormitar, y de pronto María despertaba sobresaltada y decía:
—Vamos á ver, marido, ¿cuál de nosotros dos vale más?
—Evidentemente tú, eso no puede dudarse.
—Ayúdame á hacer memoria... ¿Es cierto que yo te dije que no te quería y que tú me dijiste también lo mismo?»