León se quedó perplejo, sin saber qué contestar.

«No recuerdo nada,—respondió al fin.

—¿Que no recuerdas?... ¿Lo habré soñado yo?

—Es que no recuerdo. Me he consagrado á cultivar el olvido.

—Pero te alejas de mí.

—Si no me muevo.

—Acércate más... aquí. ¡Qué pálido te has puesto!... ¡qué ojeras tienes, querido!... Acércate más. Que tu cabecita esté cerca de mí.»

Después de esta insinuación cariñosa, se volvió á dormir, asiendo fuertemente por los cabellos cortos y rizados la hermosa cabeza de su esposo, como pintan al verdugo cogiendo la cabeza del ajusticiado para mostrarla al público. La luz de velar enfermos, tenue, misteriosa, encerrada dentro de un cilindro de porcelana, á la cual daba transparencias de ópalo y madreperla, trazando además en el techo un gran círculo de claridad movediza, alumbraba lo bastante para ver los bultos y la indecisa silueta de los rostros. Todo lo obscurecía aquella luz semejante á la que debe existir en el Limbo, convidando al sosiego y á un medio sueño parecido al estupor. León no velaba ni dormía: el cansancio le impedía lo primero, y la atormentadora idea no le dejaba llegar al reposo cuando caía lentamente en él. Ya muy avanzada la noche creyó sentir ligero rumor en el cuarto; miró con asombro; no era posible que nadie entrara allí á tal hora. Quedóse helado de espanto cuando vió una sombra ó fantasma que avanzaba con paso lento. Parecía un capricho óptico de la misteriosa luz encerrada en el vaso cilíndrico. Felizmente, León no podía creer en aparecidos. Quiso moverse para expulsar al intruso, á quien al punto reconoció como persona humana, pero no pudo. Estaba muy bien agarrado por los cabellos, y el más ligero movimiento habría despertado á su mujer, que dormía con sueño tranquilo. Extendió el brazo para decirle algo con el brazo, ya que no podía decirlo de otra manera; pero el fantasma no hacía caso; se acercaba más, se inclinaba hacia el lecho con cierta curiosidad parecida al pavor. León sintió el extraño envolvimiento, por decirlo así, de una mirada dolorosa. Su corazón latía y forcejeaba en el pecho, como un loco furioso dentro de su camisa de fuerza. Estaba indignado... ¡No poder hablar, no poder moverse para conjurar aquel peligro! Luego observó que el fantasma, y seguiremos dándole este nombre pueril, movía la cabeza, como quien reconviene ó interroga. Después se alejó sin cautela, precipitadamente, haciendo más ruido que al entrar, y dejando tras de sí un quejido como ráfaga de viento que pasa. María se despertó sobresaltada.

«¡León, León! Yo he visto...

—¿Qué?... No delires.