—Yo he visto... sí, he oído... como el ruido de una falda de seda... corriendo.

—Sosiégate... Aquí no ha entrado nadie.

—Yo ví—repitió la enferma llevándose las manos á los ojos.—Me pareció que una mujer salía por aquella puerta.

—Duérmete otra vez y no veas ni oigas lo que no existe.

—¿Está el Padre Paoletti?

—¿Cómo ha de estar, hija? Son las doce de la noche. Vendrá mañana.

—¡Oh! Yo quiero que él me explique esto. Él solo me lo puede explicar.»

Después, la dama se durmió, recogidas y puestas blandamente sobre el pecho las manos, con lo cual dicho está que dejó libres los cabellos de su esposo. Este, imposibilitado ya de conciliar el sueño por las batallas de su ánimo, y porque creía sentir aún bullicio de persona viva en la habitación inmediata, levantóse del sofá con toda precaución y silencio, y andando de puntillas salió de la alcoba, Al llegar al aposento próximo, un ruido singular y que con ningún otro puede confundirse, le indicó la precipitada fuga de una falda de seda. Siguió tras ella, pasando de sala en sala; pero la falda huía, como alimaña que se siente cazada y busca en la obscuridad su vivienda. Por último, en la sala llamada Incroyable ó Increíble (de que se hablará luego), la fugitiva, cansada de correr, dió con su cuerpo en un sillón. Allí no había lámpara ni bujías; pero por un ancho tragaluz entraba la claridad del farol encendido toda la noche en el ángulo de uno de los grandes corredores del palacio. Alumbrada tan poco y un sí es no es románticamente, la sala Increíble, si no tenía claridad bastante para que en ella se pudiera leer, ó mirar las estampas, ó hacer un detenido estudio de las porcelanas allí colocadas, teníala para que se conocieran las personas y aun se recrearan los rostros, si la ocasión lo exigía, en su contemplación muda.

Pepa Fúcar, pues no era otra la que allí fué como alma en pena, se inclinó sobre sí en el sillón, juntando la frente á las manos cruzadas y casi tocando con éstas á las rodillas. Entre gemidos pronunció estas palabras: