«Ya sé lo que vas á decirme, ya sé... no digas nada.
—Por Dios... tu imprudencia...—murmuró León de pie ante ella.
—No, no volveré más; no lo haré más... Ya sé que no tengo derecho á nada... que mi destino es dolor y abandono... siempre abandonada... Ya sé que no puedo quejarme, que no puedo pedir explicaciones, ni pedir nada, y que hasta el pensamiento amante me está prohibido.»
León se sentó junto á ella. La dama no cesaba en aquel angustioso movimiento de su cabeza y sus manos cruzadas, inclinándose acompasadamente en dirección de las rodillas. Irguiéndose luego como quien se envalentona consigo mismo y domina su corazón pisoteándolo (también hirió el suelo alternativamente con ambos pies), secó sus lágrimas con las manos temblorosas, por no tener serenidad bastante para hacerlo con el pañuelo (y aun se puede asegurar que había perdido el pañuelo), dijo así:
«Estoy de más aquí... Tengo todos los sentimientos, pero me faltan todos los derechos... Soy una mujer sin honor. La esposa podría abofetearme y sería aplaudida... Adiós.»
León le señalaba la salida sin decirle nada. Ella le miró con honda ternura. Rápidamente extendió hacia la cabeza del caballero su mano, á la cual la pasión daba energía formidable, hizo presa en los cabellos, tiró, trajo hacia sí la cabeza, obligando al cuerpo á una violenta inclinación, la puso sobre sus rodillas, enredó por un instante en el cabello sus diez dedos... machacó encima...
«También yo...—dijo, hablando como se habla cuando no se puede hablar.—También yo... despeino.»
León se incorporó, vacilando entre la severidad y el perdón.
«Márchate,—le dijo.
—Sí, adiós...—replicó ella alejándose.—No quiero deshonrarte más... Iré despacio. Mi pecho está oprimido. El llorar y el correr me ahogan... No me acompañes...»