—¿Qué tienes, papá, qué tienes?—preguntó Pepa, uniendo su abrazo vigoroso al tierno enlace con que los brazos de Monina rodeaban el cuello de toro del Marqués de Fúcar.

—Nada, hija mía, nada... No te asustes, no pierdas tu tranquilidad y confía en mí, que yo lo arreglaré todo.

—¿Pero no me explicas...?

—Todavía no.

—¿Has tenido algún quebranto en tus negocios?

—No, pichona, no—repuso Fúcar rechazando con cierta indignación aquella conjetura que menoscababa su dignidad de arbitrista.—He ganado diez millones en el último empréstito. Desecha, pues, esa idea lúgubre.

—Entonces...

—Nada... no te aflijas. Duerme tranquila y déjame á mí que lo arregle todo.

—¿Pero te vas?—dijo Pepa con desconsuelo, viendo que D. Pedro se desataba de tan cariñosos brazos.