—Sí: tengo que hacer. Me esperan en el Ministerio de Hacienda. A este pobre país desventurado no le basta con el empréstito que se ha hecho, y necesita hacer otro.
—Me dejas llena de inquietud... ¿Qué te dijo Pilar?
—¿A mí? nada—repuso el Marqués con un poco de turbación.—Nada más que lo que oíste.
—Te habló al oído.
—No... no recuerdo. ¡Ah, sí! que parece segura la reconciliación de nuestro amigo con la pobre María: no me dijo más. Yo me alegro, porque es impropio de dos personas honradas, un marido bueno y una mujer buena, desavenirse por una misa de más ó de menos, Esto es completamente tonto... Adiós, queridita.
—¡Reconciliarse!» exclamó Pepa, los ojos llenos de fuego.
El Marqués, que no la miraba en aquel momento, dió algunos pasos hacia la puerta.
«Felicitémonos de que el bueno se reconcilie con el bueno—murmuró al salir.—Pero no tengamos paz ni perdón para el malo. Que lo perdone Dios.»
Pepa iba á decir algo; pero este algo debía ser de naturaleza tan escabrosa, que no dijo nada. Quedóse largo rato sin moverse de aquel sitio. Después anduvo de una parte á otra de la pieza, llamó á su doncella, dió órdenes, las denegó luego, reprendió al aya, corrió por distintas partes de la casa sin saber á dónde iba. Cuando la niña se durmió, encerróse la madre en su habitación para meditar. Indudablemente un misterio la rodeaba y envolvía como las invisibles influencias eléctricas. Pero así como todo humano sér á quien un dolor atormenta, gusta de asimilar las no comprendidas penas de los extraños á la suya propia, la dama creía ver en la desazón moral de su padre una variante del mal agudísimo que ella sentía, ó pensaba que los males de ambos provenían de una sola causa. La grandeza de su cuita le impedía ver otra alguna; no imaginaba que criatura nacida pudiera afligirse por cosa distinta de aquella reconciliación tan temida y con tal impertinencia anunciada.
El razonamiento de que pueda ser mentira lo que muy vivamente nos hiere, no basta á desclavarnos el dardo: por el contrario, los silogismos son la peor clase de pinzas que se conoce, y cuando se meten á arrancar lo que tan sólo es una púa, parece que la centuplican. Pepa, dándose á creer que las palabras de Pilar serían falsas, se atormentaba más. La tal reconciliación la hería, como si corrieran sobre su pecho los múltiples dientes de una sierra.