Era muy tarde, y el Marqués de Fúcar no vendría en toda la noche, porque desde el Ministerio se iría á cultivar amistades de cierta clase que en la Villa tenía. Era hombre tan benéfico y tan protector del género humano, que sostenía tres casas en Madrid además de la suya.

Concebida la idea, Pepa no vaciló en ponerla en ejecución. Fué á Suertebella, entró en el palacio por la puerta del museo pompeyano, de éste pasó á la sala Increíble, y de allí no había más que seguir habitaciones hasta llegar á donde quería ir. Llegó, vió... En lo demás de este lance hay una parte conocida sobre la cual no es preciso insistir; pero hay otra que conocerá todo el que tenga paciencia para seguir leyendo.


XI
Excesos del apostolado.

En la mañana del miércoles León salió temprano á dar una vuelta por el jardín. Al regreso estaba solo en la sala del Himeneo, cuando entró Gustavo. Venía con semblante enmascarado de severidad, la vista alta, el ademán forense, entendiéndose por esto una singular hinchazón y tiesura debidas sin duda al hervor de todas las leyes divinas y humanas dentro del cuerpo, de modo que el individuo reventaría si no tuviera el cráter de la boca, por donde todas aquellas materias flogísticas salen en tropel mezcladas con la lava de la indignación. Su cuñado comprendió al punto que venía de malas.

«Estaba esperando con mucha impaciencia que fuera de día para hablar contigo,—dijo Gustavo con sequedad que anunciaba mucho enojo.

—Cuando se tiene tanta impaciencia—replicó León con más sequedad aún,—se enciende una luz y se habla de noche.

—¿De noche?... no: temía distraerte de ocupaciones gratas,—dijo el orador con ironía.

—Pues habla de una vez y con brevedad. Olvídate de que eres orador y de que vives constantemente entre mujeres que charlan demasiado.