—Acaba—dijo León exaltado.—¿A qué vienes? ¿A desafiarme?... El duelo es un absurdo que se acepta; un asesinato fiado al acaso y á la destreza, que á veces se nos impone con fuerza invencible. Yo acepto ese asesinato contigo... cuando quieras, ahora, mañana, en la forma que gustes...

—No: no has comprendido mi idea—indicó Gustavo dando vueltas al tema como abogado que quiere alargar un pleito.—Decía que aunque no soy partidario del duelo, ésta sería una ocasión buena para sobreponerme á mis escrúpulos religiosos y coger una pistola ó un sable...

—Pues cógelos...

—No. Tú has hecho el mal suficiente para que un hombre como yo atropelle todos los respetos, las leyes divinas y humanas, y fíe á un arma el cumplimiento de una sentencia. Pero...

—Pero...—dijo el otro remedando la torcida argumentación de su hermano político.—Habla claro; habla y piensa derecho, como yo, y dí «te odio...»

—Mis ideas no me permiten decir «te odio,» sino «te compadezco;» no me permiten decir «te mato,» sino «te matará Dios.»

—Pues no me hables entonces con tus ideas; háblame con las ajenas, con las mías.

—Si te hablara con las tuyas me pondría en oposición con las leyes divinas y humanas. Voy á concluir. No se trata de duelo, aunque la ocasión parece reclamarlo, y aunque todas las ventajas estarían de mi parte. Primera ventaja: que tengo razón y tú no; que eres tú el criminal y yo el juez; que lógicamente soy el vencedor y tú el vencido. Segunda ventaja: que yo manejo todas las armas, porque me he ejercitado en el tiro y en la esgrima por higiene, mientras que tú, dedicado á la alta física y á la geología, no sabes manejar ninguna. De modo que en el terreno de la fuerza también me conceptúo vencedor. Sin embargo de esto, asómbrate...

—¡Me perdonas!—exclamó León reconcentrando la furia para dar paso á la ironía.—Gracias, elefante cargado de leyes divinas y humanas.

—No te perdono—dijo el letrado, dando á su hermosa voz oratoria toda la expresión patética de que era susceptible:—es que renuncio á las ventajas que tengo sobre tí, renuncio á imponerte castigo por mi mano, y te entrego al brazo justiciero de Dios, que ya está levantado sobre tí.