—Gracias—repitió León, mezclando en un acento la ironía y la furia,—gracias, alguacil de Dios. Supongo que á tu familiaridad con Dios, de quien eres apóstol, deberás el conocimiento de sus altos secretos y el saber de cosas de justicia divina.

—La intención divina se conoce por los sucesos del mundo, cuya ordenada disposición es á veces tan clara, que sólo un idiota dejaría de ver en ella un movimiento amenazador de aquel brazo terrible que antes nombré. No me tengo por profeta ni por inspirado. Para conocer tu horrible castigo me ha bastado saber alguna cosa que tú ignoras. Por eso renuncio al duelo; por eso remito tu castigo á quien lo ejecutará mejor que yo. Y así te digo: «vas á morir.»

—¡Morir yo!—exclamó León, que, aun despreciando á su acusador, no podía oirle sin cierto espanto.

—Si, tú. Morirás de rabia.

—Lo creo, sí—dijo León, trayendo á su mente en espantosa serie á todos los individuos de su familia política.—Se muere también de un empacho de parientes; y cuando el hombre que persigue con todas las fuerzas de su alma la familia ideal y sus puros y honrados goces, no encuentra más que un potro donde diversos sayones le dan martirio, es fácil que reviente y se acabe; que si hay hierbas venenosas, también hay familias mortíferas.

—Morirás de empacho—repuso Gustavo con crueldad.—Lo sé, lo he visto, lo tengo escrito en mi bufete en papel sellado, y cada letra de aquéllas es una gota de la mortal ponzoña que ha de destruirte.

—No te entiendo—dijo León, tocado al fin de curiosidad.—¿Y qué? ¿algún pleito? ¿Si creerás tú que á mí se me mata con un pleito? ¡Pobres juristas! Pasáis la vida envenenando al género humano con mil enredos, y creéis que yo morderé hoy el cebo de vuestros sofismas... No quiero saber qué intriga es la que estás urdiendo contra mí.

—Yo no urdo intrigas... aquí no hay intriga... no hay más que justicia, y aun de esa justicia no soy yo impulsor, sino instrumento. En otras circunstancias nada habría intentado contra tí; yo te creía honrado; pero después de tu comportamiento con mi pobre hermana, agravado con hechos deshonrosos, que hace poco he conocido...

—¿Cuándo?—preguntó León, y su pregunta estallaba como el trueno.

—¿No lo sabes?