—No. ¿Qué hechos deshonrosos son esos?

—¡Y lo pregunta el hipócrita!... ¡Aquí!

—¿Aquí... qué?

—Disimulas; pero tu semblante lívido declara tu culpa, y ante la conciencia sublevada, hasta el cartón de tu máscara escéptica palidece. Hace poco te has revelado á mí en toda la desnudez repugnante de tu sér moral, cuya depravación raya en lo absurdo.

—Explícate, ó te...»

Las manos de León se oprimían como queriendo ahogar algo.

«Pues qué, ¿son un misterio para nadie tus relaciones criminales con la dueña de esta casa, faltando así al amor de la mujer más santa, más pura, más angelical que Dios ha puesto en el mundo? Con todo, tu conducta hasta aquí, con ser tan contraria á todas las leyes divinas y humanas, no había llegado á la impudencia. Si eras criminal, no habías descendido á ese último escalón de la perversidad en que el hombre se confunde con el demonio.

—Muéstrame ese escalón bajo en que me confundo con tus amigos,—dijo León dando otra vez á su furor el tono de humorismo, de ese humorismo que amarga, embriaga y al mismo tiempo hace reir, como el ajenjo.

—¿A qué quieres que te diga lo que sabes? Pero hay malvados que gustan de que se les ponga un espejo delante de su conciencia para recrearse en la fealdad de ella, como los sapos que se miran en los charcos.

—Basta ya de viles rodeos y figuras hipócritas. Habla claro, refiere, explica, dí las cosas con sus nombres, abogado, orador de Parlamento, ergotista sin fin, enredador de leyes divinas con miserias humanas.