—Pues bien: oye lo que has hecho. Después de traer á mi pobre hermana al deplorable estado en que se halla, cualquier hombre, por malo que se le suponga, respetaría, si no la inocencia, al menos la enfermedad. En todo moribundo hay algo de ángel. Tú ni esto has respetado, y mientras la santa víctima reposa en su lecho, tranquilizada quizás por tus mentiras y creyéndote menos malo de lo que eres, tú recibes en la sala Increíble á tu querida. A la una engañas, á la otra enamoras; á la una matas lentamente, á la otra das las caricias robadas al matrimonio. Comprendo estos dos crímenes, León: comprendo el uno, comprendo el otro; lo que no comprendo, porque excede á la ruindad humana, es que los dos se cometan bajo el mismo techo. Son demasiadas infamias para una sola ocasión y un solo sitio.»
Antes de que su fiscal concluyera, prorrumpió León en una risa franca, despreciativa, con la cual parecía que su enojo se disipaba.
«Sí, ríe, ríe; no me causa sorpresa tu risa. Ya he comprendido el cinismo descarnado que se esconde bajo ese forro artificial de virtud filosófica. Tu sér moral se me ha revelado como un árbol seco al cual se quitan de pronto las flores y las hojas de trapo que le hacían pasar por árbol vivo. He aquí lo que son tus teorías morales: flores de trapo. Las naturales, las que dan fragancia y colores hermosos, no nacen en el vaso hueco, donde sólo hay fórmulas matemáticas y una ciencia estéril. ¡Y yo que te he defendido contra las acusaciones de mi familia! ¡Yo que te he creído honrado! ¡En qué error tan grande estaba!
—¿Y es cierto eso de que mientras mi mujer duerme recibo á mi querida en la sala Increíble?—dijo León entrando decididamente en la burla, que en aquella ocasión era la forma más adecuada del desprecio.—¿Lo has visto tú? Hay ojos calumniadores.
—Lo he visto. Anoche quise acompañar á mamá, que si tiene defectos como mujer, es cariñosa madre y no puede apartarse de estos sitios donde gime su hija idolatrada. No pudiendo verla, por tu prohibición cruel, se contenta con llorar donde ella llora, con ver de lejos la puerta por donde se entra á su alcoba. ¡Pobre madre! Anoche compartía yo su pena, mientras papá, que en las situaciones más críticas tiene debilidades indisculpables, visitaba á solas, sin más compañía que una luz y su concupiscencia, el sótano en que está lo reservado de la colección pompeyana, ese museo de arte libidinoso, donde no entran más que los hombres con un permiso especial del Marqués de Fúcar. Polito había bebido demasiado en compañía de Perico Nules, y estaba muy inquieto. Anduvo á primera hora por los pasillos en persecución de las criadas de Suertebella, hasta que, perseguido á su vez por mí, logré encerrarle. A media noche dormía como un ángel borracho. Mamá y yo hacíamos números en la sala japonesa, arreglando nuestra desquiciada hacienda; más tarde rezaba ella, y yo, después de buscar inútilmente un libro por todo el palacio, me puse á rezar también. En esta suntuosa morada, donde se reúnen tantas maravillas de la industria y donde las malas imitaciones de lo antiguo alternan con mamarrachos de invención flamante, simbolizando el arte contemporáneo, hay todo lo que la boca puede pedir, menos una biblioteca. Parece que al entrar aquí se han de traer muy despiertos los sentidos para que sea más fácil dejar la inteligencia á la puerta... Mamá se cansó de rezar; pero no tenía sueño; pensaba en nuestra María y en el modo de burlarte y de verla. No quería acostarse, y andando de puntillas discurrió por estas salas. Llegando cerca de la Increíble, creyó sentir voces... Me llamó, fuí, acechamos los dos, oímos. Lo que primero nos parecieron gemidos, pronto conocimos que eran besos amorosos. Eras tú; era ella. Ocultos tras el grupo de Meleagro y Atalanta que está en el corredor, la sentimos abriendo con llave la puertecilla del museo pompeyano. Después te sentimos pasar á tí por esta sala para volver á apoyar tu infame frente, coronada de los laureles de la ignominia, en el lecho de la mártir. La que estaba contigo en la Increíble era Pepa, y para quitar toda duda, pudo confirmarlo mi padre, que la encontró cuando volvía solo, con su luz y su concupiscencia, del sótano reservado.
—¿Nada más?—dijo León con calma.—¿Vuestro espionaje no sabe más? Hay seres que ni respirar saben sin que de su aliento nazca la calumnia.
—¡Calumnia! buena salida... Sé que darás al hecho una interpretación favorable á tí. No te faltan argucias para defenderte.
—¡Defenderme yo! ¡Descender yo al muladar de tus groseras suposiciones, argumentar sobre un hecho que tu madre y tú han visto con el cristal manchado de su impura conciencia!... ¡jamás!
—La estratagema es hábil, pero no hace efecto. No me convence.
—No quiero convencerte á tí ni á ella...—dijo León con ímpetu fiero.—Vuestro juicio es para mí de tan poca valía, que siento no sé qué júbilo en dejaros en vuestro error estúpido. ¡Estáis tan bien así, con vuestra infernal aureola de malos pensamientos!... ¿Puedo modificar acaso la grosería de vuestras almas? ¿Puedo, por más que discuta, llevar una idea de pureza y honra á vuestra mente, devorada por la lepra de la deshonra crónica?... Sabe que tú y tus juicios y los juicios todos de tu familia degradada, que paga los beneficios con hablillas, son para mí como la lluvia que nos moja, pero no nos envilece. No se discute con la rueda del coche que pasa, y arrojando el cieno, nos mancha... Moralista de política religiosa y de sermones de partido, maquinilla de hacer moral de confitería, que amasas las leyes divinas y humanas para dar al mundo esas pastillas de virtud, según el gusto de cada uno, á mí no se me administra moral en caramelos. Desdichado discursista, mis defectos podrían servirte á tí para hacer tus honradeces, y los sentimientos malos que yo desecho y arrojo podrías recogerlos tú del suelo para hacer con ellos la gala de tu conciencia. Antes de predicar, ¿por qué no vuelves los ojos á tí mismo? Si te miras bien comprenderás que tu existencia, y tu fama y tu prestigio, desaparecerían como el humo si el Marqués de San Salomó fuera un hombre en vez de ser un muñeco.»