Lívido y cejijunto, los labios blancos, las manos trémulas, oyó Gustavo su acusación, y tartamudeando, sin saber qué decir, rompió á hablar de este modo:
«Dualista hábil, has puesto la punta en mi pecho. Pues bien, yo no lo niego: aprende de mí el mérito de la franqueza, el mérito de la confesión, de que es incapaz un ateo. Me declaro culpable. El torbellino del mundo, el engreimiento que dan la lisonja y el aplauso, me han puesto á mí mismo en contradicción con las leyes divinas y humanas que adoro y acato. Yo soy el primero que me acuso, como he sido el primero en reprobar los escándalos de mi familia, como he sido el primero en defenderte cuando te creía bueno; bien lo sabes. Pero no hagas paralelo entre tu infamia y la mía, entre tu desorden y mi desorden. Ambos hemos caído en el mal, tú por cinismo y desconocimiento absoluto del bien, yo por flaqueza de espíritu. En tí no hay más que mal, y ninguna puerta para el bien se abrirá en tu alma cerrada; en mí se han corrompido las acciones, pero queda la fe, queda la puerta del bien. Al lado de tu crimen no tienes nada, sino la sombra fea del crimen mismo. Al lado de mi crimen tengo yo un tesoro: el remordimiento. Tú no eres capaz de enmienda; yo sí. Tú no ves nada más allá; yo veo mi salvación, porque veo mi enmienda. La misma idea del pecado me da la idea del perdón. No sé mi destino individual, pero sé el del género humano, y me basta saber que hay Cielo. Tú lo ignoras todo, y el mal no te espanta porque crees que no hay Infierno.
—Sofista, barajador de palabras, ¿qué sabes tú lo que yo pienso, lo que soy? ¿Crees que estamos los hombres y las almas á merced de tu dogmatismo de apóstol intruso, y de esa oficiosidad evangélica con que repartes cédulas de vida ó muerte? Polizonte de la vida inmortal, ¿crees que ésta es una aduana donde se registran bolsillos para ver si hay tabaco, es decir, género prohibido por los que estancan el pensamiento para venderlo en paquetes á cambio de hipocresía? Hazme el favor y el honor de librarme de tu presencia, porque no respondo del respeto que debo á esta casa y al parentesco que nos une.
—¡Asesino de un ángel!—exclamó Gustavo rugiendo de ira.
—Se me acabará la paciencia para oir tus sandeces—dijo León dando tres pasos hacia él en actitud tan amenazadora, que Gustavo retrocedió en el primer momento, esperándole después en actitud nada cobarde.—Calla, ó sabrás lo que es una paciencia que se agota, un mártir á quien se acaba la entereza.»
Señalando la ventana, León extendió su brazo que, sin aparato hercúleo, era capaz de desplegar extraordinaria fuerza.
«Y si quieres seguir provocándome—añadió,—á pesar de no ser partidario del duelo, yo que no sé disparar pistolas, ni esgrimir sables, ni echar sermones, te proporcionaré un bonito espectáculo. Verás cómo un apóstol sale volando por una ventana, sin que nada lo pueda evitar.
—Abusa, bárbaro, si te atreves, de tu fuerza corporal—gritó Gustavo desafiándole con la mirada.—¡Asesino de mi hermana!
—No irritarás mi furia con esa palabra—dijo León en el último grado de la cólera.—Has de saber que tu hermana, y tú y tu madre, y tu padre y tu abuelo, sois para mí como las aves que pasan volando. No existís para mí. Elige entre salir por la puerta ó por la ventana.»