La disputa iba á concluir con una brutal refriega, quizás con la concisa violencia de aquella escena que hizo decir á Segismundo: «¡Vive Dios, que pudo ser!» cuando entró la Marquesa de Tellería dando gritos, y detrás D. Agustín muy alterado y temeroso.

«¡Qué es esto... León... Gustavo... hijos míos!—dijo Milagros, extendiendo sus amantes brazos entre los dos.

—Ese...—rugió Gustavo.

—¡León!... ¿Hasta dónde vas á llegar?... Después que nos has secuestrado brutalmente á nuestra querida hija...

—¡Secuestrarla yo!... ¿Yo?...—replicó el airado yerno con cierto desvarío.—No: ahí está... tómenla ustedes... La devuelvo... la regalo...

—¡No nos dejas entrar á verla...! Anoche no he podido pegar los ojos pensando en esa mártir,—manifestó el Marqués.

—Adentro todo el mundo—dijo León señalando la puerta por donde se iba al aposento de María.—¡Adentro!»

Sin esperar á más precipitáronse todos por aquella puerta.

En la sala inmediata á la alcoba oyóse rumor de amantes besos, dados con la precipitación y el calor que eran naturales después de la forzada ausencia.