—¿Qué sala es esa?
—No hagas caso, hija de mi corazón.
—Querida de mi alma—dijo el Marqués, acariciándola,—vete acostumbrando á presenciar con calma las acciones de tu marido, y á que no se te importe un ardite lo que él haga ó deje de hacer. Es de lamentar que no puedas sobreponerte á ciertos sentimientos arraigados en tí, y que te empeñes en ser mártir, siempre mártir contra viento y marea.
—¿Qué dices, papá?—preguntó María con aturdimiento.
—Que yo—prosiguió D. Agustín, poniéndose la honrada mano sobre el pecho nobilísimo,—estoy decidido á desplegar toda la energía de mi carácter para evitar un escándalo que nos deshonra á todos y á tí te pone en la situación más ridícula que puede imaginarse.
—Agustín—dijo la Marquesa, sin poder disimular su ira,—harás bien en irte á dar una vuelta por el museo reservado. No haces falta aquí.»
Al decir esto tocaba á su marido con el codo para advertirle que no era llegada la ocasión de desplegar energías ni de evitar escándalos. Como mujer y madre, habíase penetrado mejor que los demás de la situación ilusoria en que León tenía á su mujer, y aplaudiéndola en el fondo del alma daba pruebas de recto sentir.
«¿Qué museo reservado es ese?—dijo María, cada vez más confusa, y apoderándose con presteza de toda idea que pudiera servir de combustible á la naciente hoguera de su sospecha.
—Ahí cerca, hija mía—balbució el Marqués, comprendiendo la idea de su esposa y admitiéndola tácitamente, porque también él, si pecaba por débil, torpe y corrompido, quería bien á su hija.—Es que hace poco estuve en Suertebella...»
María les miró á todos detenida y asombradamente. Interrogaba con la morbosa estupefacción de sus ojos, mientras las palabras rebeldes se negaban á salir á sus labios.