«¿Suertebella... ahí cerca?...—murmuró.—Explicadme una cosa...

—¿Qué dices, hija mía?

—Explicadme por qué siento yo los cimientos de ese palacio aquí... dentro de mis entrañas; por qué siento sus muros...

—¿Qué dices, paloma?

—Sus muros pesando sobre mí...

—Por Dios, no delires.

—¡Qué fantasmagorías tan tontas!... Es de lamentar que tu buen juicio...

—Esta casa...

—Es esta casa... ya sabes... un edificio...»